Sus ojos se vuelven a
encontrar con los de Nía y ella de nuevo baja la mirada. no le gusta que la
miren de esa manera, como evaluándola; es una mirada que ha sentido encima suyo
toda la noche procedente de muchas personas: todos parecen vigilarla
expectantes, seguros de que en algún momento representará su papel de
descarriada. Es una sensación desagradable, el que nadie espere nada bueno de
ti; antes al menos contaba con Francisco, pero desde que los periódicos publicaron
esas fotos suyas comprando drogas, incluso él la abandonó. Nía sabe
perfectamente que toda la familia murmura a sus espaldas, y no es como si le
importara: <<Son una partida de egoístas>> dice siempre Esteban, y
es lo único en lo que están de acuerdo; los Escalante los abandonaron dejándolos
al cuidado de su amargada tía en cuanto los vieron solos. Por supuesto, nadie
quería tener que lidiar con los hijos del borracho de la familia; nadie le
tendió la mano a su padre cuando éste enviudó y comenzó a entregarse al
alcohol; nadie advirtió lo perdido que se sentía sin su esposa al tener que
criar a un niño problemático y una niña enferma. Porque Nía estaba enferma; era
incapaz de dormir una noche completa sin pesadillas, casi no hablaba, podía
romper a llorar en cualquier momento y desarrolló un miedo patológico a sus
primos. Los psicólogos decían que le tomaría años superar el horror del
incendio al que sobrevivió, pero no hubo un solo Escalante que la ayudara a
hacerlo; ya desde pequeña, era una pariente vergonzosa de la que preferían no
hablar, por alguna razón, no se interesaban mucho por Esteban y su hermanita;
se alejaron de ellos más y más hasta que con el paso de los años solo los veían
en ocasiones especiales. Mientras tanto, los niños se transformaban en
adolescentes: comenzaron los excesos para Nía, sin que hubiese internado
católico capaz de detenerla. Comenzó
fumando cigarrillos con sus compañeras detrás del colegio, más por burlarse de
las monjas que por adicción. Algunas veces robaban licor de sus padres los
fines de semana y los metían al internado en botellas de perfume o jarabes para
la tos; entonces pasaban días enteros con la adrenalina al máximo,
encontrándose en los pasillos para tomarse un trago furtivo antes de correr a
la próxima clase; fue por esa época en que Nía descubrió con placer que no
tenía pesadillas cuando se acostaba mareada por tanto alcohol, y alcanzó a
preguntarse medio enojada por qué los doctores nunca le hablaron de esa
medicina milagrosa que apartaba los malos sueños y la inquietud. Cuando tenía
quince años, Maritza Vengoechea—su compañera de cuarto—llevó al colegio un
cigarrillo de marihuana; durante toda la semana trazaron complicados y
paranoicos planes para escapar por la noche a fumarlo sin ser descubiertas y
una vez que lo hicieron, les fue difícil dejarlo: Maritza sabía cómo
abastecerse por fuera, y regresaba cada lunes cargada de tabaquitos que
escondía entre las medias; poco a poco fueron haciéndose más descuidadas, hasta
que cualquier día una profesora las encontró en el baño, con los ojos
enrojecidos y la risa tonta que era prueba irrefutable de su estado. Las
expulsaron. Para entonces, Estefanía ya era habitual fumadora y bebedora. A los
dieciséis, en una fiesta del instituto nocturno de baja categoría donde estaba
validando los dos últimos grados del bachillerato porque no la recibían en
ninguno de los colegios exclusivos de la ciudad, alguien le dio a probar
éxtasis. Todavía recuerda medio nostálgica que fue la noche más increíble de su
vida. No le importó entonces, ni le importa ahora, despertar presa de una
insoportable resaca sin tener idea de dónde quedó su ropa interior o cómo es
que falta tanto dinero de su tarjeta, pues lo que cuenta es el momento en sí:
mientras esté colocada, será normal. No más la Nía atormentada que no puede
dormir por las noches, se transforma de pronto en el alma de la fiesta y todo
le da risa, todo le gusta, la más mínima caricia le resulta placentera. Cuando
se droga, puede ser la persona que quiere ser; ¿a quién le importa si la tía
Rosario se queda sin voz de tanto recordarle—biblia en mano—que va a arder para
siempre en el fuego del infierno, cuando ella acaba de tener una noche del
mejor sexo con Lucas? Y por cierto: ¿a quién le interesa que Esteban deteste a
Lucas, si Nía sabe que él es la única persona en la tierra cuyos demonios se
entienden con los suyos?
No, no le interesa lo que
los Escalante hablen de ella; son una bola de amargados incapaces de renunciar
a sus nubes de algodón por experimentar un poco de la vida salvaje que a ella
le gusta.
—Si tomas otra copa—amenaza
Esteban en su oído, deteniéndola cuando la joven extiende la mano hacia la
bandeja del camarero—te juro que te voy a arrancar la piel a correazos.
Nía le hace un mohín a su
insoportable hermano; es verdad que le ha pegado alunas veces, pero en esas
ocasiones ella estaba tan borracha que no podría decir a ciencia cierta si fue
o no doloroso.
Esteban sonríe, satisfecho
de sí mismo, y la toma del brazo para llevarla a la pista. La abraza contra su
cuerpo y comienzan a bailar. Esteban está feliz de que al menos haya una cosa
que su hermana sepa hacer bien; ha sido un completo fiasco desde niña: primero
enferma y aterrorizada hasta de su propia sombre, luego haciéndose expulsar del
colegio, más tarde completamente desaforada en esa vida de libertinaje. No ha
servido para más que drogarse, emborracharse y tener sexo con cualquiera; a
duras penas terminó el colegio y cuando fue a la universidad—después de
decidirse por derecho más por orden suya que por vocación—no hizo otra cosa que
rumbear y perder materias. Hace dos meses la expulsaron. Lo único que le dejó
su vida universitaria fue ese Lucas, tan descarriado y asqueroso como ella.
Sí, Nía ha sido una
constante mancha en lo que él ha querido construir. Esteban fue buen estudiante
desde secundaria y se graduó con honores de la universidad; tiene dos
especializaciones y un doctorado; es un genio para los negocios y puede hacer
casi cualquier cosa con los números. Cualquiera vería en sus logros una
incansable dedicación y un amor a los estudios que lo convirtieron en quizás el
más brillante de sus primos, pero se equivocarían: Esteban no siempre fue así.
De niño, era problemático y desaplicado. No le gustaba ir al colegio. No le
gustaba estar en casa con un padre borracho que constantemente lloraba y blasfemaba
por la muerte de su esposa. Detestaba escuchar a su hermanita despertarse por
las noches gritando de miedo… Detestaba su propia vida, y la detestó aún más
cuando su padre al fin murió; odiaba verse confinado a lúgubres internados
religiosos mientras sus primos disfrutaban de colegios exclusivos de los que
podían regresar a casa cada tarde; resentía los interminables sermones de su
tía, las constantes limitaciones a su libertad, la austeridad en que los hacía
vivir convencida de que eso los volvería mejores personas, el profundo pozo en
que Estefanía parecía hundirse cada vez más… Esteban estaba convencido de que
ellos habían llevado la peor parte; él y su hermana, tan Escalante como los
demás, debían conformarse con una vida mediocre mientras Francisco “administraba”
sus fortunas ignorándolos por completo.
A diferencia de Nía, él
canalizó toda esa rabia en algo positivo: se dedicó a estudiar, a prepararse
para ser quien algún día llevara las riendas. Estaba decidido a superar a sus
primos intelectualmente, a ser el mejor negociante de la familia y a ocupar el
lugar de Francisco cuando éste faltara. No contó, por supuesto, con que él
seguía siendo el hijo del borracho del clan; a pesar de su tenacidad y todo su
talento, el estigma de una madre muerta, un padre alcohólico y una hermana
juerguista sigue persiguiéndolo incansable. A pesar de ser el más brillante de
su generación, continúa relegado a la sombra; Francisco se enorgullece de
llevar el mando de Dinastía junto a su primogénito y su sobrino favorito, mientras que
Esteban—el verdadero genio detrás del éxito—debe obedecer órdenes y pedir
autorizaciones. Resulta frustrante y vergonzoso, pero ya que ha esperado
veinticuatro años, puede esperar un poco más. Dentro de poco, Francisco morirá
y entonces todos podrán sacarse los ojos en la lucha por la multimillonaria
herencia que éste ha administrado durante tantísimo tiempo. porque según el
testamento de Rodrigo Escalante—el abuelo mitificado por todos pues a partir de
su modesta riqueza levantó una de las fortunas más cuantiosas del país—ninguno
de sus descendientes tendrá potestad alguna sobre su herencia hasta la muerte
de Francisco—su primogénito y casi tan legendario como él mismo—.
Tal vez Rodrigo no contó
con que sus hijos menores morirían antes que el mayor de sus vástagos. No había
manera de que supiera que él mismo sería el último Velásquez en morir de viejo.
Seguro que no imaginaba toda la desgracia que sobre sus descendientes generaría
la fortuna que con tanto esfuerzo y sacrificio consiguió.