jueves, 12 de septiembre de 2013

4 - UN SENDERO CUESTA ABAJO - Todos los vicios son solo y nada menos que una simple manera de conocernos, ver más allá del otro lado de nosotros mismos...

 Sus ojos se vuelven a encontrar con los de Nía y ella de nuevo baja la mirada. no le gusta que la miren de esa manera, como evaluándola; es una mirada que ha sentido encima suyo toda la noche procedente de muchas personas: todos parecen vigilarla expectantes, seguros de que en algún momento representará su papel de descarriada. Es una sensación desagradable, el que nadie espere nada bueno de ti; antes al menos contaba con Francisco, pero desde que los periódicos publicaron esas fotos suyas comprando drogas, incluso él la abandonó. Nía sabe perfectamente que toda la familia murmura a sus espaldas, y no es como si le importara: <<Son una partida de egoístas>> dice siempre Esteban, y es lo único en lo que están de acuerdo; los Escalante los abandonaron dejándolos al cuidado de su amargada tía en cuanto los vieron solos. Por supuesto, nadie quería tener que lidiar con los hijos del borracho de la familia; nadie le tendió la mano a su padre cuando éste enviudó y comenzó a entregarse al alcohol; nadie advirtió lo perdido que se sentía sin su esposa al tener que criar a un niño problemático y una niña enferma. Porque Nía estaba enferma; era incapaz de dormir una noche completa sin pesadillas, casi no hablaba, podía romper a llorar en cualquier momento y desarrolló un miedo patológico a sus primos. Los psicólogos decían que le tomaría años superar el horror del incendio al que sobrevivió, pero no hubo un solo Escalante que la ayudara a hacerlo; ya desde pequeña, era una pariente vergonzosa de la que preferían no hablar, por alguna razón, no se interesaban mucho por Esteban y su hermanita; se alejaron de ellos más y más hasta que con el paso de los años solo los veían en ocasiones especiales. Mientras tanto, los niños se transformaban en adolescentes: comenzaron los excesos para Nía, sin que hubiese internado católico capaz de detenerla.  Comenzó fumando cigarrillos con sus compañeras detrás del colegio, más por burlarse de las monjas que por adicción. Algunas veces robaban licor de sus padres los fines de semana y los metían al internado en botellas de perfume o jarabes para la tos; entonces pasaban días enteros con la adrenalina al máximo, encontrándose en los pasillos para tomarse un trago furtivo antes de correr a la próxima clase; fue por esa época en que Nía descubrió con placer que no tenía pesadillas cuando se acostaba mareada por tanto alcohol, y alcanzó a preguntarse medio enojada por qué los doctores nunca le hablaron de esa medicina milagrosa que apartaba los malos sueños y la inquietud. Cuando tenía quince años, Maritza Vengoechea—su compañera de cuarto—llevó al colegio un cigarrillo de marihuana; durante toda la semana trazaron complicados y paranoicos planes para escapar por la noche a fumarlo sin ser descubiertas y una vez que lo hicieron, les fue difícil dejarlo: Maritza sabía cómo abastecerse por fuera, y regresaba cada lunes cargada de tabaquitos que escondía entre las medias; poco a poco fueron haciéndose más descuidadas, hasta que cualquier día una profesora las encontró en el baño, con los ojos enrojecidos y la risa tonta que era prueba irrefutable de su estado. Las expulsaron. Para entonces, Estefanía ya era habitual fumadora y bebedora. A los dieciséis, en una fiesta del instituto nocturno de baja categoría donde estaba validando los dos últimos grados del bachillerato porque no la recibían en ninguno de los colegios exclusivos de la ciudad, alguien le dio a probar éxtasis. Todavía recuerda medio nostálgica que fue la noche más increíble de su vida. No le importó entonces, ni le importa ahora, despertar presa de una insoportable resaca sin tener idea de dónde quedó su ropa interior o cómo es que falta tanto dinero de su tarjeta, pues lo que cuenta es el momento en sí: mientras esté colocada, será normal. No más la Nía atormentada que no puede dormir por las noches, se transforma de pronto en el alma de la fiesta y todo le da risa, todo le gusta, la más mínima caricia le resulta placentera. Cuando se droga, puede ser la persona que quiere ser; ¿a quién le importa si la tía Rosario se queda sin voz de tanto recordarle—biblia en mano—que va a arder para siempre en el fuego del infierno, cuando ella acaba de tener una noche del mejor sexo con Lucas? Y por cierto: ¿a quién le interesa que Esteban deteste a Lucas, si Nía sabe que él es la única persona en la tierra cuyos demonios se entienden con los suyos?
 No, no le interesa lo que los Escalante hablen de ella; son una bola de amargados incapaces de renunciar a sus nubes de algodón por experimentar un poco de la vida salvaje que a ella le gusta.
 —Si tomas otra copa—amenaza Esteban en su oído, deteniéndola cuando la joven extiende la mano hacia la bandeja del camarero—te juro que te voy a arrancar la piel a correazos.
 Nía le hace un mohín a su insoportable hermano; es verdad que le ha pegado alunas veces, pero en esas ocasiones ella estaba tan borracha que no podría decir a ciencia cierta si fue o no doloroso.
 Esteban sonríe, satisfecho de sí mismo, y la toma del brazo para llevarla a la pista. La abraza contra su cuerpo y comienzan a bailar. Esteban está feliz de que al menos haya una cosa que su hermana sepa hacer bien; ha sido un completo fiasco desde niña: primero enferma y aterrorizada hasta de su propia sombre, luego haciéndose expulsar del colegio, más tarde completamente desaforada en esa vida de libertinaje. No ha servido para más que drogarse, emborracharse y tener sexo con cualquiera; a duras penas terminó el colegio y cuando fue a la universidad—después de decidirse por derecho más por orden suya que por vocación—no hizo otra cosa que rumbear y perder materias. Hace dos meses la expulsaron. Lo único que le dejó su vida universitaria fue ese Lucas, tan descarriado y asqueroso como ella.
 Sí, Nía ha sido una constante mancha en lo que él ha querido construir. Esteban fue buen estudiante desde secundaria y se graduó con honores de la universidad; tiene dos especializaciones y un doctorado; es un genio para los negocios y puede hacer casi cualquier cosa con los números. Cualquiera vería en sus logros una incansable dedicación y un amor a los estudios que lo convirtieron en quizás el más brillante de sus primos, pero se equivocarían: Esteban no siempre fue así. De niño, era problemático y desaplicado. No le gustaba ir al colegio. No le gustaba estar en casa con un padre borracho que constantemente lloraba y blasfemaba por la muerte de su esposa. Detestaba escuchar a su hermanita despertarse por las noches gritando de miedo… Detestaba su propia vida, y la detestó aún más cuando su padre al fin murió; odiaba verse confinado a lúgubres internados religiosos mientras sus primos disfrutaban de colegios exclusivos de los que podían regresar a casa cada tarde; resentía los interminables sermones de su tía, las constantes limitaciones a su libertad, la austeridad en que los hacía vivir convencida de que eso los volvería mejores personas, el profundo pozo en que Estefanía parecía hundirse cada vez más… Esteban estaba convencido de que ellos habían llevado la peor parte; él y su hermana, tan Escalante como los demás, debían conformarse con una vida mediocre mientras Francisco “administraba” sus fortunas ignorándolos por completo.
 A diferencia de Nía, él canalizó toda esa rabia en algo positivo: se dedicó a estudiar, a prepararse para ser quien algún día llevara las riendas. Estaba decidido a superar a sus primos intelectualmente, a ser el mejor negociante de la familia y a ocupar el lugar de Francisco cuando éste faltara. No contó, por supuesto, con que él seguía siendo el hijo del borracho del clan; a pesar de su tenacidad y todo su talento, el estigma de una madre muerta, un padre alcohólico y una hermana juerguista sigue persiguiéndolo incansable. A pesar de ser el más brillante de su generación, continúa relegado a la sombra; Francisco se enorgullece de llevar el  mando de Dinastía junto a su primogénito y su sobrino favorito, mientras que Esteban—el verdadero genio detrás del éxito—debe obedecer órdenes y pedir autorizaciones. Resulta frustrante y vergonzoso, pero ya que ha esperado veinticuatro años, puede esperar un poco más. Dentro de poco, Francisco morirá y entonces todos podrán sacarse los ojos en la lucha por la multimillonaria herencia que éste ha administrado durante tantísimo tiempo. porque según el testamento de Rodrigo Escalante—el abuelo mitificado por todos pues a partir de su modesta riqueza levantó una de las fortunas más cuantiosas del país—ninguno de sus descendientes tendrá potestad alguna sobre su herencia hasta la muerte de Francisco—su primogénito y casi tan legendario como él mismo—.

 Tal vez Rodrigo no contó con que sus hijos menores morirían antes que el mayor de sus vástagos. No había manera de que supiera que él mismo sería el último Velásquez en morir de viejo. Seguro que no imaginaba toda la desgracia que sobre sus descendientes generaría la fortuna que con tanto esfuerzo y sacrificio consiguió.

martes, 13 de agosto de 2013

3 - YO, QUE TE AMÉ...

 Olivia lo observa sorprendida, claramente dividida entre abrazarlo como bienvenida o gritarlo sin razón alguna. Pasa su peso de un pie a otro con incomodidad, si ha de ser sincera, la mayor parte del tiempo no le agrada Daniel; nunca supo cómo tratarlo cuando era un niño que siempre se estaba quejando porque David recibía más amor que él; no supo sobrellevarlo cuando atravesó su salvaje adolescencia y desde que es un adulto no ha hecho más que amedrentarla.  Tal vez le faltó cariño, pero ¿cómo amar a un muchachito mal hablado, sucio, desaplicado y torpe cuando se tiene en comparación otro que es poco menos que perfecto? Sí, ella no le había dado suficiente afecto a su segundo hijo, mas él no hizo mucho por merecerlo. Y no se siente avergonzada por no amar a un hijo que toda la vida la ha tratado con cierto desprecio, como si viera algo aborrecible en ella.
 Daniel llega ante ellos con altivez. Le dirige a su madre una mirada vacía y saluda a Francisco con un <<Hola>> casual, como si no hubiese estado fuera más de tres meses; ellos responden de igual manera, acostumbrados a la poca efusividad del muchacho, que nunca mostró afecto por ninguno en particular. Solo Dalilah lo aniquila con la mirada. Su hermano la observa si es posible con más hostilidad; se detestan, y es evidente.
 La llegada de Dalilah acabó con la poca dulzura que existió alguna vez en Daniel; de repente ya no estaba compitiendo contra solo un hermano, si no que también debía batirse con una bebé que solo era llanto y mocos y aun así recibía más atención que él. Si soportaba e incluso admiraba secretamente a David, se debía a que llevaban la misma sangre, pero la niña era una recogida, sacada de sabrá Dios qué basurero, y que no merecía en absoluto su aprobación. Entonces descargó en la indefensa hermanita toda su frustración, todo aquello que no podía hacerle al alto y ágil David: la pellizcaba hasta dejarle marcas en los bracitos, le rompía los juguetes, le tiraba de los cabellos… intentos desesperados por llamar la atención que sin embargo tenían el efecto contrario, pues cuando la niña rompía a llorar por alguna de sus crueldades, todos se volcaban en ella tratando angustiosamente de consolarla. Daniel la detestó más y más a medida que crecía. Nunca imaginó, ni él ni nadie, que fue el primer enamoramiento de Dalilah: a pesar de tantos maltratos, la niña estaba fascinada por aquel hermano mayor que cada día se hacía más alto y más fuerte, que por la noche nadaba en la piscina sin nada más que su ropa interior y que no mostraba respeto por nada ni por nadie. Ese hermano cuya admiración no había logrado despertar, el único que nunca le decía “qué bonito vestido tienes” ni elogiaba su peinado ni la rapidez con la que se aprendió las tablas de multiplicar solo para impresionarlo. Por alguna razón que su mente infantil no comprendía, él no la quería; y eso solo hacía que la niña lo quisiera más y tratara desesperadamente de ganarse su afecto.
 Cuando Daniel cumplió diecinueve años—poco antes de comenzar a salir con Amanda—, Dalilah—de once en ese entonces— le regaló un bonito modelo de aeroplano que había comprado con sus ahorros y armado con ayuda de David; había escuchado a su hermano decir varias veces que le gustaría aprender a pilotear una avioneta, y ella pensó que era el obsequio perfecto con el que se ganaría su simpatía. Mas cuando Daniel rasgó el papel y se encontró con la tarjeta hecha a mano que rezaba <<Con amor para mi hermano. De Dalilah>>, no hizo otra cosa que tomar el modelo y ahí mismo, frente a los invitados, estrellarlo contra el piso y acabarlo a zapatazos. Luego se volvió a la niña que lo observaba con lágrimas en los ojos y el corazón hecho pedacitos, la señaló con un índice rabioso y le gritó que no se atreviera a regalarle nada nunca más, culpándola de arruinar su cumpleaños. Sin bajar la voz, le recordó crudamente que no eran hermanos, y así dio por terminada la celebración. La humillación fue tal que Dalilah se negó a comer en la mesa durante días, encerrada en su habitación sin entender por qué él había despreciado algo que tanto tiempo y trabajo le costó. Pasaron meses antes de que se dijera a sí misma que fue un acto cruel e inmaduro, pero Daniel era así: inmaduro y cruel; para cuando llegó a esa conclusión, ya el rencor se había anidado en su pecho y lo despreciaba casi tanto como antes lo quiso. Dalilah estaba cambiando: si todos los hombres eran como Daniel, todos la iban a tratar igual; pero ella no estaba dispuesta a volver a vivir una degradación similar. Si tenía que convertirse demasiado pronto en una mujer, lo haría; si tenía que ser bella y voluptuosa como Amanda, que en un par de meses tenía babeando a sus dos hermanos, lo sería. Ningún hombre volvería a tratarla como lo había hecho Daniel, y llegaría el día en que él mismo le suplicaría que lo llamara hermano.
 Ahora lo ve ahí, en frente suyo, más hombre y más guapo que cuando se fue, felizmente ignorante de cuánto la cambió, y no puede menos que sentir que lo aborrece con el alma. Daniel continúa mirándola fijamente, ya no su rostro, si no examinando su cuerpo completo sin perder detalle y en apariencia sin sentirse avergonzado por desvestirla con los ojos. Pero Dalilah se ha cruzado con muchos hombres antes de esta noche, y conoce esa mirada: Daniel la desea; por mucho que se repudie a sí mismo y a lo que lleva entre las piernas, la desea.
 Ella le regala una sonrisa de fingida dulzura, y él crispa los puños por su atrevimiento de siquiera mirarlo a la cara.
 —Ve a cambiarte—espeta.
 La joven se pavonea ante su hermano, retadora.
 —Me veo bonita—dice con inocencia—; papá lo dijo.
 —Pareces una puta.
 —¡!Daniel—tercia Francisco, y baja la voz. Esto es un récord: acaba de llegar, y casi seguro que ya arruinará la fiesta para alguien. Estaría bien si fuese para cualquier otro, pero no a su pequeña Dalilah; ¿por qué no puede quererla, si es tan amorosa, tan tierna, tan complaciente?—: No le hables así a tu hermana.
 —Mi hermana—repite el aludido con desdén—; Dalilah no es mi hermana.
 —¡Suficiente!—lo corta Olivia entre dientes, atormentada. Sí: a veces detesta a su propio hijo; en especial cuando se esfuerza en empañar la felicidad del adorado David. ¿Por qué no se quedó donde estaba?
 Daniel le dirige de nuevo esa sonrisa maliciosa y burlona que le ha dedicado siempre: como si supiese algo que todos los demás ignoran.
 —Madre—profiere—, tan hermosa como siempre—mas su elogio tiene un matiz de desprecio que no consigue otra cosa que inquietarla.
 —Por Dios, Daniel—casi le suplica—: es el matrimonio de tu hermano. No lo arruines.
 Él cambia de estrategia: de repente parece profundamente herido, envuelto en un aura de tristeza casi palpable. Su actuación es tan buena que por un instante—un efímero instante—Dalilah quiere abrazarlo y darle consuelo.
 —No quiero arruinarlo—dice él con suavidad—. Pensé que se alegrarían de volver a verme.
 Se hace un incómodo silencio. Todos los silencios son incómodos con Daniel. Los silencios  y las conversaciones. De hecho, casi todo es incómodo con él. Mas Olivia debe admitir que le conmueve el semblante entristecido de su hijo, un hijo al que nunca ha sabido amar, uno que a veces parece adorarla y otras—la mayor parte del tiempo—aborrecerla. Un hijo voluble e indomable, pero suyo de cualquier manera. Quebrantada, abre los brazos y lo estrecha con ternura, recordando aquella época en que Daniel tenía tres, cuatro años y se esforzaba lo indecible por hacerse merecedor de unas pocas de sus caricias.
 —Mi amor, mi amor—canturrea, llenándolo de besos—. Por supuesto que nos alegra verte. Me hiciste mucha falta, mi vida—se separa ligeramente, colocándole las manos sobre los hombros que apenas alcanza—. Estás impresionante, Daniel.
 La mirada de él vuelve a ser helada. O eso aparenta. En su interior, se libra una batalla; la misma que lo ha endurecido a lo largo de los años: hubo una época, hace mucho tiempo, en que adoraba a su madre con un amor casi religioso; no creía que existiese mujer más hermosa, buena o inteligente que ella. Rezaba todas las noches para que ella lo quisiera como quería a David, para que le dedicara los mismos mimos, las largas horas sentada junto a su cama conversando como amigos, las mismas palabras de amor que siempre le prodigaba a su hermano… Hubo una época en que esa mujer era el centro de su universo, y él se avergonzaba de su propia torpeza, de sus malas calificaciones, de su aspecto desaliñado… porque sabía que si pudiera ser como David, su madre lo querría. Hasta que lo vio. Tenía apenas diez años, pero no necesitó explicaciones para entenderlo: Olivia era mala. Olivia no amaba a David, ni a papá, ni a Dalilah, porque era mala.
 Desde entonces, existen dos partes de sí mismo que no ha sido capaz de reconciliar: el Daniel infantil, que necesita desesperadamente el amor de su madre porque la ama con locura, y el Daniel que él mismo creó, al que nada lo afecta y que desprecia a Olivia porque sabe lo que es. Y ambos lo mantienen en constante lucha, ora lleno de rabia, ora deseando convertirse en una mejor persona, sin decidirse nunca por quién debe ser. Incapaz de encontrar su propio camino.
 —No, no te alegras—replica con voz fría y cortante—. Solo estás feliz por tu hijo.
 —Daniel…
 Él hace un gesto con la mano, como si la borrara de una pizarra. Se dirige a su padre:
   —Tu hija, por otra parte, resulta vulgar y provocadora. No deberías dejarla exponerse de esa manera en nuestra casa.
 Ofendido por verlo pisotear deliberadamente la dignidad de Dalilah, Francisco comienza a reprenderlo más por costumbres que por resultados; Daniel tiene la extraña habilidad de volverse literalmente sordo ante lo que no quiere escuchar. Mira a su alrededor con despreocupación, pasando lista de los invitados; a la mayoría no los había visto hasta hoy—no al menos personalmente—, y no le agrada ninguno de los que conoce con anterioridad. Hay mujeres bonitas, algunas más que otras, pero solo pocas dignas de ser su acompañante cuando él decida abandonar la estúpida fiesta.
 Una joven en particular llama su atención, no porque sea hermosa, si no porque ya la ha visto antes. Desde toda la vida. La muchacha toma una copa de champagne del camarero que pasa frente a ella y apura su contenido de un trago antes de que el hombre a su lado se la quite de la mano casi con un tirón, con evidentes deseos de golpearla. Daniel tuerce la boca: Nía. Casi seguro que es la única de sus primas que podrá reconocer, pues su foto ha salido más de una vez en numerosos periódicos y páginas webs, por lo general bajo un titular del estilo “Fiesta Salvaje” o “Heredera Descarriada”; a Daniel se le ocurre un mejor titular, que la describiría a la perfección: <<Drogadicta>>, y vuelve a fruncir los labios con desprecio, como si su peste pudiese alcanzarlo incluso en la distancia.
 Por un momento, la mirada de Estefanía se encuentra con la suya y la joven la aparta de inmediato, ruborizada. Viéndola por primera vez, bien vestida y maquillada, tan distinta a esas fotografías donde aparece con los ojos desenfocados, despeinada y con el rímel corrida, resulta incluso bonita: tiene el cabello fino y castaño, que le llega hasta la cintura; el vestido azul cielo que lleva se ciñe delicadamente a su cuerpo delgado—quizás un poco demasiado delgado—resaltando un busto generoso y un trasero erguido, sin rayar en la vulgaridad que Dalilah exhibe con descaro. Su piel es blanca, como si llevara años sin recibir el sol, mas resulta bastante atrayente, cual si te invitara sin palabras a acariciarla con la yema de los dedos. Si no fuese tan boleta, se dice Daniel, se acostaría con ella; pero es una mujer rara incluso para él. No vale siquiera una revolcada.
 —¿Al menos me estás escuchando?—pregunta Francisco, frustrado.
 Daniel suspira.
 —No, papá—responde con sinceridad—; no me interesa lo que dices.

miércoles, 7 de agosto de 2013

2 - DANIEL - Muy grandes deben ser mis errores y muy pequeñas mis victorias, los errores todo el mundo los ve, mientras que mis victorias por nadie son mencionadas. ...

 La voz la devuelve de golpe a la tierra, mareándola como si acabase de bajar de una ruleta en movimiento. Al volverse, lo ve: más bronceado, tal vez más musculoso, innegablemente más atractivo. Impecable en su smoking, los cabellos alborotados como por descuido, ese estilo inconfundible de Daniel.
 Amanda siente que de pronto sus piernas flaquean, que el miedo se instala en su pecho: si llega a arruinar el día más importante de su vida… Pero Daniel continúa sonriendo con tranquilidad, con una inocencia que está en conflicto con su propia naturaleza.
 —Lamento haberme perdido la ceremonia—dice, y su sentimiento parece auténtico—. No sabes lo feliz que estoy por ti—entonces abre los brazos a su hermano, quien ya repuesto de la impresión sonríe agradecido y corresponde al gesto, fundiéndose los dos en un abrazo fraternal como Amanda no había visto nunca entre ellos. Se ríen, se palmean la espalda, parecen viejos amigos reunidos de nuevo por las casualidades de la vida, como si nunca hubiesen competido, como si Daniel no se hubiese marchado con el alma oscurecida de rencor.
 —Estás hermosa—le dice, dirigiéndole una mirada inescrutable.
 Amanda no sabe qué responder. Su rostro se ha vuelto de piedra. No puede creer que David luzca tan feliz, tan complacido con la aparente reconciliación con su hermano; ¿por qué no puede ver que Daniel no ha cambiado, que nunca lo hará?
 —Entonces…—repentinamente, su esposo parece tan incómodo como ella. Se aclara la garganta—Entonces, ¿estamos bien?
 Daniel lo contempla un instante, y su rostro vuelve a iluminarse.
 —Más que bien—contesta, las sombras desterradas de su expresión.
 Amanda quiere gritar, patalear, echarlo de su fiesta. Mira a su alrededor como en busca de ayuda; la mayoría de los Escalante han dejado de bailar y contemplan la escena con cierto temor; nadie se acerca, saben que los hermanos necesitan ese momento juntos, que es imposible que Daniel haya sido incapaz de perdonar en tantos años… pero Amanda conoce demasiado bien a su cuñado para saber que <<perdón>> no es una palabra que esté en su vocabulario. Y ahora, <<ahora ha venido para destruirnos>>.
 Daniel vuelve a mirarla, hace una reverencia, le tiende la mano.
 —¿Me permites esta pieza con tu mujer?—solicita a su hermano con educación.
 David asiente, entregándole la diestra de su esposa.
 —Voy a bailar con mamá—esboza, y se aleja.
 Daniel toma entre sus brazos el cuerpo rígido de Amanda, y lo atrae hacia sí con delicadeza.
 —No sabes bailar el vals—recuerda ella, desesperada por escapar.
 —He aprendido—responde en un murmullo.
 Y vaya si lo ha hecho. La guía con gentileza, deslizándose, casi flotando sobre la pista. Por un momento Amanda olvida su naturaleza vengativa, voluble y rencorosa y no puede más que admirar la suavidad de su contacto, el roce de esas manos que tan bien la conocen, el olor de su cuello, la firmeza de su pecho, la belleza del envase que contiene un alma tan llena de sombras como no hay dos en este mundo.
 —¿A qué viniste?—susurra atormentada, sintiendo de nuevo ese nudo en el estómago producido por la impotencia de saber que no puede cambiarlo.
 —A la boda de mi hermano—replica él al instante, como si hubiese estado esperando su pregunta.
 —Sabes que no quieres festejar este día.
 —¿Por qué no?—ríe bajito, burlón—¿Sabes que también soy un Escalante, ¿no?
 —Pero te fuiste cuando David y yo…
 —Me fui cuando me dio la gana—la corta, y la mano que tiene en la parte baja de su espalda se vuelve más firme, apretándola contra él—¿A qué le tienes miedo?
 Ella se estremece. <<A ti>>quiere responder; siempre le ha temido: cuando estaban juntos, vivía en constante angustia, preguntándose en qué momento el Encantador Daniel desaparecería para dar paso al Oscuro Daniel. Lo amaba, pero era tan difícil hacerlo.
 —Estás podrido, Daniel—murmura; y le cuesta trabajo mantener el paso, fingir que todo va bien—. Si viniste con intenciones de dañar mi matrimonio, te advierto que lo defenderé con uñas y dientes.
 Él vuelve a reír, enseñando su perfectísima dentadura.
 —Siempre me gustó cuando te ponías en plan “gata salvaje”—murmura a su oído. Amanda siente su aliento cálido en el cuello; le quema—. ¿Mi hermano conoce esa faceta tuya?
 Por un instante quiere apartarlo de un empujón y exigirle que se vaya, pero tiene que controlarse: la imagen es lo primero.
 —Tu hermano conoce todas mis facetas mejor de lo que tú las conociste jamás—insinúa.
 —Si así fuera, no se habría casado contigo; por algo no lo hice yo.
 Amanda aprieta los dientes; ¿qué tiene este hombre que en dos minutos consigue hacerle perder los nervios? David no es así; David es gentil, considerado, la clase de hombre con la que Daniel solo podría soñar en convertirse.
 —¿Cuándo te vas?—pregunta con brusquedad.
 Su cuñado suspira, como si sintiera herido. Pero ella sabe que él no siente nada, mas es un experto en fingir.
 —Tengo planeado quedarme.
 —¡¿Qué?!—jadea.
 Con una sonrisa, Daniel vuelve a atraerla contra su cuerpo.
 —Esta es mi casa, Amanda. Tengo tantos derechos como tu esposo.
 —Te tienes que ir; tú no quieres estar aquí.
 Él entorna los ojos, exasperado.
 —Deja de hablar como si supieras lo que quiero. No me conoces como crees. Por ejemplo, crees que volví por ti, pero te sorprendería enterarte de cuántas mujeres hermosas y dispuestas hay por ahí. Sin ir muy lejos…—fija la vista en la muchacha vestida de púrpura que baila sonriente entre los brazos de Francisco, conversando con éste animadamente. La sombra de lujuria que Amanda conoce tan bien atraviesa el rostro del joven y las entrañas de ella se contraen como respuesta.
 Sigue la dirección de su mirada y de pronto no sabe si es un mal chiste o una prueba irrefutable de todos los años que han pasado.
 —Es Dalilah—responde secamente—: tu hermana.
 La expresión de Daniel cambia de inmediato: antes la deseaba, ahora le repugna.
 —¿Dalilah?—repite, su voz teñida de asco—¿por qué está vestida como una puta?
 “Bueno” se dice Amanda con resignación, como si las palabras de Daniel le hubiesen hecho ver a su cuñada bajo una nueva luz “Eso no lo puedo discutir”.
 El traje que Dalilah lleva se ciñe a su cuerpo como una capa de pintura púrpura; cuando la música termina y ella se separa de su padre, Amanda nota por primera vez el escote que se abre casi hasta la cintura. Los pezones de sus senos firmes son demasiado evidentes. La túnica de satén está cortada al bies y se pega a su cuerpo como una segunda piel. No hay ninguna curva que denuncie un solo gramo de grasa, solo una soberbia y joven figura que ella quiere exhibir.
 —Está hermosa—replica Amanda, liberada por fin de los brazos que parecían quitarle el aliento. Y no miente: una vez se supera la impresión de que es un traje demasiado revelador, uno no puede más que asombrarse de la belleza de la jovencita—. Hace un minuto te gustaba.
 —Hace un minuto no sabía que esa cosa llevaba mi apellido.
 Y no es de extrañar; cuando Daniel se fue, Dalilah era una niña de catorce años, con el cabello castaño y tan plana como una tabla.  Ahora tiene diecinueve, las curvas han llenado su cuerpo generosamente y por ahí donde no llegaron pasó el bisturí de su cirujano. Creció por lo menos quince centímetros y se aclara el cabello con frecuencia para mantenerlo de un brillante rubio que resalta su piel crema. Dalilah hizo la transición de niña a mujer de una forma dramática, y Daniel no lo presenció. Lo único que puede ver ahora es a una fémina perturbadoramente hermosa que está demasiado consciente de sus atributos.
 —Parece una zorra—repite con desprecio.
 Y esa mirada peligrosa se instala en su rostro, la mirada del Daniel Oscuro.
 —No hagas una escena—casi le suplica con voz ahogada, aferrándose a su mano.
 Él la aparta, como si su contacto le escociera.
 —Vete a buscar a tu marido—espeta.

 —¡Daniel!—lo llama débilmente, pero él se aleja con paso elegante en dirección a su familia.

domingo, 4 de agosto de 2013

1 – UN GRAN DÍA – Un visitante inesperado llegará para despertar los demonios de la familia.

 Puede sentir la admiración que despierta. mientras camina erguida por el pasillo sobre el camino de rosas blancas que las pajecitas han dibujado para ella, despampanante en su vestido de Vera Wong, sus ojos verdes brillando, su rostro de porcelana impasible, la tiara de diamantes delicadamente asentada sobre sus rizos cobrizos... Puede ver el efecto que causa en quienes la rodean: los hombres la desean, las mujeres la envidian, las niñas quieren ser como ella... Y sabe que tomó la decisión correcta. Le costó sangre, sudor y lágrimas, pero lo consiguió; después de hoy, nadie volverá hablar de su madre muerta o su padre preso; nadie cuestionará su rápido y misterioso ascenso en el mundo del modelaje; nadie se atreverá a mencionar otra vez esas fiestas a las que asistió por allá en los inicios de su carrera... En adelante, la prensa sólo hablará de cómo es hermosa, exitosa y, a partir de esta tarde, inmensamente rica y poderosa. 
 Sí, él fue siempre la decisión más inteligente, se dice cuando el joven le ofrece su brazo caballerosamente. Amanda sonríe, cohibida por la inmensidad del amor que hay en los ojos de David, el ferviente anhelo de quererla y protegerla por el resto de sus días. Y aunque ella está dispuesta a permitírselo, a veces le asusta; sabe que David la ha querido desde el primer día que la vio, cuando era una mujer prohibida, alguien a quien no podría alcanzar aún con todo su dinero y su poder. Daniel se lo dijo alguna vez, medio burlón, medio celoso: <<Le gustas a mi hermano. Pobre imbécil>> y después soltó una de sus carcajadas profundas que escandalizaban a la servidumbre. Aquella primera vez, Amanda también rió; atrapada como estaba en el impetuoso encanto del hermano menor, apenas si se fijaba en David: Daniel era el tipo de hombre con el que toda mujer soñaba en secreto; de atractivo imponente y avasallador, sexualidad explosiva, tan disperso, tan irrefrenable, tan presto a burlarse de su sociedad: <<Somos los reyes del mundo>> solía decir <<A dónde queramos ir, vamos; lo que queramos hacer, lo hacemos>>. Ese era Daniel, el hombre que la enloquecía con solo tocarla, que no aceptaba un no por respuesta, capaz de llevársela de carrera fuera de una concurrida reunión para echarle un rápido polvo en un callejón oscuro, en el asiento trasero de su descapotable o en el baño de una discoteca... Ese fue el embrujo al que la tuvo sometida por más de tres años. Hasta que Amanda descubrió que, de los dos hermanos, ella había elegido al que indudablemente la destruiría. Daniel era voluble y complejo, tan presto a las caricias como a los golpes, así un momento podía decirle que la amaba como al siguiente sacarla a patadas de su cama; la enloquecía amarlo.
 David era la otra cara de la moneda; su belleza era reposada, impecable, la de esos hombres que jamás  tienen un cabello fuera de lugar, cuyos trajes siempre estaban cuidadosamente planchados, siempre con corbatas a juego, tan mesurado en sus gestos y sus palabras que nunca parecía perder el control de sus emociones. Excepto cuando ella estaba cerca. Mientras Daniel era como un río embravecido, David se asemejaba más a un apacible lago en el cual te gustaría chapotear en un brillante día de verano; un lago en el que sabes que no vas a ahogarte. Y todos lo notaban. David ascendía más y más, compartía con su padre la carga del complejo hotelero  que tan poderosa había hecho a su familia, en tanto que Daniel desdeñaba sus responsabilidades y desperdiciaba su inteligencia saltando sin pudor de una carrera a otra, de una cama a otra, de un bar a otro...
 No, David fue la decisión más inteligente, el innegable sucesor de su padre, el que tenía ante sí el futuro más brillante de los dos. Sin lugar a dudas, sería él quien algún día se convertiría en heredero de una de las fortunas más cuantiosas del país. Y tan enloquecido por ella que cuando Amanda se rindió al fin a su amor enloquecido, a su muda pero incesante súplica, él la recibió con los brazos abiertos; sí, se enfrentó a su hermano en defensa de la mujer que ahora estaba con él, a la que quería darle cuanto Daniel le negó alguna vez, la mujer a la que estaba seguro llevaría algún día al altar. 
 Y desde ese día, Daniel se había ido; resultó que, a su manera retorcida y tormentosa, la amaba más que a nada. Pero todos habían esperado y hasta deseado que Daniel se fuera en algún momento, porque la mayor parte del tiempo era insoportable vivir a su lado; desafiaba la autoridad de su padre, resentía sentirse menos amado por su madre que su hermano mayor, menospreciaba y humillaba a su hermanita adoptiva... Con él todo era una eterna competencia en la que Daniel quería siempre resultar victorioso, y la realidad era que la familia necesitaba descansar de él una temporada. 
 El sacerdote continúa con su sermón, extendiéndose sobre el propósito del matrimonio y la plenitud de la vida en pareja, mas Amanda no lo escucha; después de todo, ¿cuánto puede saber de relaciones un hombre que lleva veinte años sin tener sexo? Ella sigue pensando en Daniel, evocando—con un nudo de culpabilidad en el estómago—la última vez que lo vio: hace ya cinco años, cuando él la apartó de un empujón y le advirtió con todo el alma que algún día se arrepentiría de la decisión que estaba tomando. Luego saltó a su descapotable y se perdió a toda velocidad. Al día siguiente envió a un empleado a casa de sus padres para recoger sus cosas, y lo siguiente que se supo fue que estaba recorriendo el mundo. 
 <<No me arrepentí>> piensa la joven con satisfacción. Su tormentosa historia de amor ha quedado atrás y ahora está uniendo su vida a la de un hombre que le ofrece un porvenir brillante. El hombre que merece una mujer como ella. Un hombre de clase, calmado y caballeroso. Con espíritu ejecutivo, instinto para los negocios, ambición insaciable. El tipo de hombre que alguna vez ella pensó que era su padre. El tipo de hombre que no hubiese llegado a ser Daniel. 
 Detrás de ellos, en la fila destinada a la familia del novio, Nía bosteza perezosamente. Esteban le da un discreto codazo, su mandíbula tensionada, y ella le dedica un mohín burlón. La palabra <<vergonzosa>> acude a la mente de Lena, que los observa a tres lugares de distancia; sí, Nía es una pariente vergonzosa. A sus veintiún años, ha acumulado más escándalos que el resto de los Escalante: drogas, arrestos, desenfreno... Es en realidad una salvaje, y  no es de extrañar que la mayoría de la familia evite incluso mencionarla, como si de esa manera pudiesen cortar los lazos de sangre que los unen. Hasta Francisco, que durante mucho tiempo fue quizás el más compasivo con ella, perdió los estribos al ver en los periódicos las fotos de su sobrina comprando drogas en los suburbios poco después de ser dada de alta de rehabilitación. Desde entonces, la joven ha estado si no más calmada al menos más discreta con sus vicios; la cuestión es sencilla: métete lo que te dé la gana, pero no dejes que nadie lo sepa. Es así como se manejan los Escalante: en apariencia perfectos, aunque por dentro estén todos más podridos que el anterior. Lena se dice con amargura que en el fondo no es de extrañar que Estefanía consuma cuanto le pongan delante, ni que hoy estén todos reunidos luciendo sus mejores galas y sus más brillantes sonrisas para celebrar el matrimonio de su primo con la mujer que robó de su propio hermano.
 Mientras lo contempla recitar sus votos con un fervor casi religioso, se pregunta si David habría amado a Amanda de igual manera si ésta no hubiese pertenecido a Daniel; si al tenerla no se hubiese asegurado la más indiscutible victoria sobre su hermano, ¿se habría obsesionado con ella como lo hizo? <<Obsesión>> es otra palabra que resuena en su cabeza. David se obsesionó con Amanda. Nadie lo sabe mejor que Lena, que durante años estuvo obsesionada con su primo. Ni siquiera comprendía por qué David quiso pelear esa última batalla con su hermano; él siempre había ganado en todo: el primogénito, el consentido de mamá, el mejor amigo de papá, el más brillante estudiante de su promoción, el primero de todos sus primos en llegar a dirigir el negocio familiar… Daniel, en cambio, pasó tanto tiempo a su sombra que a veces uno se olvidaba de su existencia. De niño era tosco y torpe, el primo con el que nadie quería jugar porque tenía la extraña habilidad de lastimar a todo el que tocaba con sus manazas. No tenía muchos amigos, siempre fue demasiado <<oscuro>>. Otra palabra que parece brillar ante ella como un aviso de neón. Daniel era <<oscuro>>. Su naturaleza no permitía amarlo. ¿Por qué entonces lo amó Amanda, si es que alguna vez lo hizo? Es verdad que al crecer él adquirió una belleza salvaje, pero al mismo tiempo se convirtió en un descarriado; casi igualó a Nía en escándalos, aunque nunca se dijo que anduviese en drogas. Y cuando llegó a casa con Amanda, que por aquélla época no había logrado más que unos cuantos anuncios en ropa interior, David encontró por fin algo que envidiarle a su hermano, de la misma manera en que su hermano le envidió todo a él desde la más tierna infancia. Lena aún estaba obsesionada con David cuando Amanda entró en la familia, y quizás por eso la odió con tanto ahínco: las fugaces aventuras que ella y su primo habían compartido desde la adolescencia quedaron relegadas de inmediato;  David no tenía ojos, ni alma, ni cuerpo para otra cosa que no fuera desear a su cuñada; no importaba qué lencería comprara o cuánto alcohol le diera, él acababa irremediablemente llorando en su regazo por la indiferencia de la mujer que amaba. Hasta que un día no lloró más; un día, su rostro se iluminó con una sonrisa cuando le contó que la joven había cedido por fin a sus deseos.
 Entonces Lena, igual que Daniel, se fue. Tener un poco de David era lo único que le había hecho permanecer tanto tiempo en aquella casa, tan cerca de su padre. Su padre. A veces todavía recuerda esa discusión, ocurrida hace tantísimo tiempo, que jamás debió escuchar. Aún hay noches en sueña con esos ojos encendidos, con esos dedos que se enlazaron violentamente alrededor de los delicados brazos pálidos de su madre, y con aquélla voz fría como el hielo que decía: <<Si me dejas, te juro por Dios que te mato>>. Y su madre murió. Menos de dos semanas después, su madre murió. Se llevó a su tía, la mamá de Estefanía, y por poco se la lleva a ella también. Y regresa a  Nía; se pregunta cuánto la marcó aquel incendio, cuando solo tenía seis años y fue un milagro que una niña tan pequeña pudiese escapar de una casa en llamas. Se pregunta si fue entonces cuando comenzó a convertirse en el desastre que es hoy en día. Y vuelve a preguntarse, con un estremecimiento de miedo, si fue solo casualidad que la instalación eléctrica de la cabaña se prendiera fuego tan poco tiempo después de esa discusión, cuando era evidente que no había salvación para el matrimonio de sus padres.
 Su hermano le aprieta la mano, tranquilizador y le regala una sonrisa. Lena asiente imperceptiblemente, agradecida; de alguna manera, volver a verlo después de casi cinco años le ayuda hacer más ligera la carga sobre su pecho. Se ha sentido oprimida desde que regresó, tan agobiada por los recuerdos, tan aterrorizada por sus propias sospechas… El miedo se instaló en su pecho desde que volvió a pisar esa casa, desde que volvió a ver a su padre; un miedo amargo a todo lo que pueda pasar: a descubrir que Aquiles tuvo algo que ver con la muerte de su madre, porque entonces sería hija de un asesino; y a entender al fin que él es completamente inocente, pues habría desperdiciado una vida entera temiendo, sospechando y hasta aborreciendo a su propio padre. Por supuesto, Matías nunca ha tenido que vivir con ese peso. Es fácil adivinarlo. Su hermano es FELIZ. Así, con mayúsculas: FELIZ. Se nota en sus ojos vivaces, su sonrisa fácil, sus ademanes llenos de gracia y naturalidad; Matías está satisfecho con su vida en general: es atractivo, inteligente y millonario; claramente no siente que le haga falta gran cosa. Lena desearía sentirse así, desearía encajar en la familia como encaja Matías, desearía no tener el alma oscura con tantas dudas y miedos; a Lena le gustaría ser como su hermano menor.
 Al fin el padre bendice a la pareja declarándolos marido y mujer hasta que la muerte los separe. Los invitados se colocan de pie para aplaudir; Olivia se da golpecitos en los ojos con un pañuelo bordado con sus iniciales. Es la primera en levantarse para besar a su hijo, inmensamente orgullosa de su primogénito. Lo estrecha con fuerza entre sus brazos, sin poder contener el llanto que la vuelve pedazos como a una niña chiquita; David ha sido, desde que nació, el recipiente en el que ella volcó toda su devoción, guardando apenas un poco para sus otros hijos. David es especial; fue el hijo que le dio pase libre al mundo de los Escalante, fue el más amoroso, el más considerado, el más brillante de los vástagos de Francisco. Especialmente, el más parecido a ella.
 Cuando lo suelta y abraza a su nuera—ninguna mujer será suficiente para David nunca, y lo sabe— Esteban y Estefanía se aproximan para felicitar a su primo; Esteban lo abraza fugazmente, un gesto que parece forzado, y Estefanía le dedica una sonrisa cortés y le palmea el hombro como a un muchacho. Es una chica rara, se dice David con cierta incomodidad; ha de ser todo lo que se mete, o el hecho de no tener padres, o esa tía que la crió y que siempre está murmurando con resentimiento y recitando versículos de la biblia… Mas en un instante la deshecha de su mente, cuando Matías llega de la mano de Magdalena con una sonrisa de oreja a oreja para desearle lo mejor en su nueva vida. El abrazo que se dan es caluroso, efusivo y sincero. Son mejores amigos. Tal vez por vivir desde siempre bajo el mismo techo, quizás por haber trabajado hombro a hombro por “Dinastía” mientras los demás volaron en busca de una vida de libertad y emociones, o simplemente porque Matías es una persona tranquila y fácil de tratar, el caso es que tiene con él el tipo de relación que nunca pudo sostener con su hermano. Su primo ríe, le augura un futuro brillante, bromea acerca de los placeres de la soltería a los que acaba de renunciar, y se separa para hacer lo propio con Amanda, todavía aprisionada entre los brazos de Francisco.
 Solo entonces, Magdalena da un paso adelante con timidez. David le sonríe, la admira durante un breve instante: sí, sigue siendo hermosa; no como Amanda, que es todo curvas, si no con la belleza propia de las mujeres de su familia: reposada, elegante, delicada. La atrae hacia sí para darle un abrazo de bienvenida, deseando de corazón que las heridas ya estén curadas, que puedan volver a ser solo dos primos que se reencuentran después de tanto tiempo.
 —Me encanta verte, Lena—le dice con franqueza, y le besa las mejillas.
 Ella también sonríe, intenta decirle que todo está bien, que no hay razón para estar incómodos. Que son familia.
 —Gracias—responde—. Me alegra verte tan feliz. Y es bueno estar de vuelta.
 David asiente, vuelve a besarla; la quiere de verdad. Aun cuando existía entre los dos esa relación sexual a la que Lena parecía aferrarse, él la quería: como a una hermana. Desea preguntarle infinidad de cosas acerca de sus años de ausencia, mas hay invitados que atender, manos que estrechar, felicitaciones que recibir… Y casi seguro que Lena se irá como llegó: a la carrera, con apenas tiempo suficiente para asistir a la ceremonia; mañana, cuando la celebración haya terminado, ella volverá a alzar vuelo despidiéndose hasta la próxima boda, o funeral o evento que requiera su presencia. Aún desde muy jóvenes, a David siempre le inquietó la certeza interna de que su prima detestaba su casa. Con un último abrazo, la deja ir.
 Llueven las congratulaciones, los abrazos, las sonrisas… Por fin logra acercarse a su esposa, comienza a posar para las fotos que mañana estarán en la mayoría—si no en todas—de las páginas sociales del país. Una con la familia del novio, otra con los amigos de la novia ya que ésta no tiene familia, muchas con cantidad de personas influyentes que apenas conoce… Comienza a anochecer y se siente cegado por los flashes de las cámaras, pero Amanda está en su elemento: después de todo, es una de las modelos más cotizadas del país. Y es su esposa.
 El jardín de la mansión Escalante, del cual su madre siempre ha estado más que orgullosa, se engalanó para ofrecer la recepción a los invitados. Olivia hizo construir una pista de baile bajo una inmensa carpa blanca, como lo vio alguna vez Dios sabe en qué revista. A Amanda le pareció mala idea desde el principio, pero debe admitir que el efecto final es sencillamente precioso; los centros de mesa con las letras “D” y “A” enlazadas lucen bellísimos, toda la cubertería es de la más fina plata, las lucen te hacen pensar en la navidad y el pastel quita el aliento. Se estremece ante la pareja de porcelana, una fiel representación de David y ella que por alguna razón le eriza los vellos de la nuca. Apartando la sensación como una nube de moscas, sonríe cuando Francisco se pone de pie con su copa en alto para proponer un brindis; su nuevo suegro elogia el buen juicio de David al tomarla como esposa y menciona la inmensidad de la alegría que embarga su corazón al tener a su familia reunida nuevamente después de tanto tiempo—al decir esto, mira cariñosamente a su pequeña Dalilah, sentada a su izquierda—; olvida anotar que Daniel no está presente, pero culmina deseándoles que sean tan felices en su matrimonio como lo ha sido él en el suyo.
 —¡Salud!—se escucha al unísono, y la música comienza a sonar para el primer baile oficial del señor y la señora Escalante.
 Amanda y su esposa se deslizan a la pista para bailar el vals. Él la guía, firme pero gentil, y ella no puede evitar recordar que Daniel consideraba ridículo este baile. David sonríe, le besa la nariz, le recuerda que la adora y que es el día más feliz de su vida. Amanda corresponde a sus palabras de amor, extasiada, elevada en los sueños que siempre tuvo y que él está haciendo realidad; ella también es feliz, y la pista comienza a llenarse de parejas que apenas nota.
 No lo siente hasta que está ahí. De pronto David pierde el paso y se queda estático, en sus ojos una mirada de estupefacción.
 —Felicitaciones, hermano.