jueves, 12 de septiembre de 2013

4 - UN SENDERO CUESTA ABAJO - Todos los vicios son solo y nada menos que una simple manera de conocernos, ver más allá del otro lado de nosotros mismos...

 Sus ojos se vuelven a encontrar con los de Nía y ella de nuevo baja la mirada. no le gusta que la miren de esa manera, como evaluándola; es una mirada que ha sentido encima suyo toda la noche procedente de muchas personas: todos parecen vigilarla expectantes, seguros de que en algún momento representará su papel de descarriada. Es una sensación desagradable, el que nadie espere nada bueno de ti; antes al menos contaba con Francisco, pero desde que los periódicos publicaron esas fotos suyas comprando drogas, incluso él la abandonó. Nía sabe perfectamente que toda la familia murmura a sus espaldas, y no es como si le importara: <<Son una partida de egoístas>> dice siempre Esteban, y es lo único en lo que están de acuerdo; los Escalante los abandonaron dejándolos al cuidado de su amargada tía en cuanto los vieron solos. Por supuesto, nadie quería tener que lidiar con los hijos del borracho de la familia; nadie le tendió la mano a su padre cuando éste enviudó y comenzó a entregarse al alcohol; nadie advirtió lo perdido que se sentía sin su esposa al tener que criar a un niño problemático y una niña enferma. Porque Nía estaba enferma; era incapaz de dormir una noche completa sin pesadillas, casi no hablaba, podía romper a llorar en cualquier momento y desarrolló un miedo patológico a sus primos. Los psicólogos decían que le tomaría años superar el horror del incendio al que sobrevivió, pero no hubo un solo Escalante que la ayudara a hacerlo; ya desde pequeña, era una pariente vergonzosa de la que preferían no hablar, por alguna razón, no se interesaban mucho por Esteban y su hermanita; se alejaron de ellos más y más hasta que con el paso de los años solo los veían en ocasiones especiales. Mientras tanto, los niños se transformaban en adolescentes: comenzaron los excesos para Nía, sin que hubiese internado católico capaz de detenerla.  Comenzó fumando cigarrillos con sus compañeras detrás del colegio, más por burlarse de las monjas que por adicción. Algunas veces robaban licor de sus padres los fines de semana y los metían al internado en botellas de perfume o jarabes para la tos; entonces pasaban días enteros con la adrenalina al máximo, encontrándose en los pasillos para tomarse un trago furtivo antes de correr a la próxima clase; fue por esa época en que Nía descubrió con placer que no tenía pesadillas cuando se acostaba mareada por tanto alcohol, y alcanzó a preguntarse medio enojada por qué los doctores nunca le hablaron de esa medicina milagrosa que apartaba los malos sueños y la inquietud. Cuando tenía quince años, Maritza Vengoechea—su compañera de cuarto—llevó al colegio un cigarrillo de marihuana; durante toda la semana trazaron complicados y paranoicos planes para escapar por la noche a fumarlo sin ser descubiertas y una vez que lo hicieron, les fue difícil dejarlo: Maritza sabía cómo abastecerse por fuera, y regresaba cada lunes cargada de tabaquitos que escondía entre las medias; poco a poco fueron haciéndose más descuidadas, hasta que cualquier día una profesora las encontró en el baño, con los ojos enrojecidos y la risa tonta que era prueba irrefutable de su estado. Las expulsaron. Para entonces, Estefanía ya era habitual fumadora y bebedora. A los dieciséis, en una fiesta del instituto nocturno de baja categoría donde estaba validando los dos últimos grados del bachillerato porque no la recibían en ninguno de los colegios exclusivos de la ciudad, alguien le dio a probar éxtasis. Todavía recuerda medio nostálgica que fue la noche más increíble de su vida. No le importó entonces, ni le importa ahora, despertar presa de una insoportable resaca sin tener idea de dónde quedó su ropa interior o cómo es que falta tanto dinero de su tarjeta, pues lo que cuenta es el momento en sí: mientras esté colocada, será normal. No más la Nía atormentada que no puede dormir por las noches, se transforma de pronto en el alma de la fiesta y todo le da risa, todo le gusta, la más mínima caricia le resulta placentera. Cuando se droga, puede ser la persona que quiere ser; ¿a quién le importa si la tía Rosario se queda sin voz de tanto recordarle—biblia en mano—que va a arder para siempre en el fuego del infierno, cuando ella acaba de tener una noche del mejor sexo con Lucas? Y por cierto: ¿a quién le interesa que Esteban deteste a Lucas, si Nía sabe que él es la única persona en la tierra cuyos demonios se entienden con los suyos?
 No, no le interesa lo que los Escalante hablen de ella; son una bola de amargados incapaces de renunciar a sus nubes de algodón por experimentar un poco de la vida salvaje que a ella le gusta.
 —Si tomas otra copa—amenaza Esteban en su oído, deteniéndola cuando la joven extiende la mano hacia la bandeja del camarero—te juro que te voy a arrancar la piel a correazos.
 Nía le hace un mohín a su insoportable hermano; es verdad que le ha pegado alunas veces, pero en esas ocasiones ella estaba tan borracha que no podría decir a ciencia cierta si fue o no doloroso.
 Esteban sonríe, satisfecho de sí mismo, y la toma del brazo para llevarla a la pista. La abraza contra su cuerpo y comienzan a bailar. Esteban está feliz de que al menos haya una cosa que su hermana sepa hacer bien; ha sido un completo fiasco desde niña: primero enferma y aterrorizada hasta de su propia sombre, luego haciéndose expulsar del colegio, más tarde completamente desaforada en esa vida de libertinaje. No ha servido para más que drogarse, emborracharse y tener sexo con cualquiera; a duras penas terminó el colegio y cuando fue a la universidad—después de decidirse por derecho más por orden suya que por vocación—no hizo otra cosa que rumbear y perder materias. Hace dos meses la expulsaron. Lo único que le dejó su vida universitaria fue ese Lucas, tan descarriado y asqueroso como ella.
 Sí, Nía ha sido una constante mancha en lo que él ha querido construir. Esteban fue buen estudiante desde secundaria y se graduó con honores de la universidad; tiene dos especializaciones y un doctorado; es un genio para los negocios y puede hacer casi cualquier cosa con los números. Cualquiera vería en sus logros una incansable dedicación y un amor a los estudios que lo convirtieron en quizás el más brillante de sus primos, pero se equivocarían: Esteban no siempre fue así. De niño, era problemático y desaplicado. No le gustaba ir al colegio. No le gustaba estar en casa con un padre borracho que constantemente lloraba y blasfemaba por la muerte de su esposa. Detestaba escuchar a su hermanita despertarse por las noches gritando de miedo… Detestaba su propia vida, y la detestó aún más cuando su padre al fin murió; odiaba verse confinado a lúgubres internados religiosos mientras sus primos disfrutaban de colegios exclusivos de los que podían regresar a casa cada tarde; resentía los interminables sermones de su tía, las constantes limitaciones a su libertad, la austeridad en que los hacía vivir convencida de que eso los volvería mejores personas, el profundo pozo en que Estefanía parecía hundirse cada vez más… Esteban estaba convencido de que ellos habían llevado la peor parte; él y su hermana, tan Escalante como los demás, debían conformarse con una vida mediocre mientras Francisco “administraba” sus fortunas ignorándolos por completo.
 A diferencia de Nía, él canalizó toda esa rabia en algo positivo: se dedicó a estudiar, a prepararse para ser quien algún día llevara las riendas. Estaba decidido a superar a sus primos intelectualmente, a ser el mejor negociante de la familia y a ocupar el lugar de Francisco cuando éste faltara. No contó, por supuesto, con que él seguía siendo el hijo del borracho del clan; a pesar de su tenacidad y todo su talento, el estigma de una madre muerta, un padre alcohólico y una hermana juerguista sigue persiguiéndolo incansable. A pesar de ser el más brillante de su generación, continúa relegado a la sombra; Francisco se enorgullece de llevar el  mando de Dinastía junto a su primogénito y su sobrino favorito, mientras que Esteban—el verdadero genio detrás del éxito—debe obedecer órdenes y pedir autorizaciones. Resulta frustrante y vergonzoso, pero ya que ha esperado veinticuatro años, puede esperar un poco más. Dentro de poco, Francisco morirá y entonces todos podrán sacarse los ojos en la lucha por la multimillonaria herencia que éste ha administrado durante tantísimo tiempo. porque según el testamento de Rodrigo Escalante—el abuelo mitificado por todos pues a partir de su modesta riqueza levantó una de las fortunas más cuantiosas del país—ninguno de sus descendientes tendrá potestad alguna sobre su herencia hasta la muerte de Francisco—su primogénito y casi tan legendario como él mismo—.

 Tal vez Rodrigo no contó con que sus hijos menores morirían antes que el mayor de sus vástagos. No había manera de que supiera que él mismo sería el último Velásquez en morir de viejo. Seguro que no imaginaba toda la desgracia que sobre sus descendientes generaría la fortuna que con tanto esfuerzo y sacrificio consiguió.

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