Olivia lo observa
sorprendida, claramente dividida entre abrazarlo como bienvenida o gritarlo sin
razón alguna. Pasa su peso de un pie a otro con incomodidad, si ha de ser
sincera, la mayor parte del tiempo no le agrada Daniel; nunca supo cómo
tratarlo cuando era un niño que siempre se estaba quejando porque David recibía
más amor que él; no supo sobrellevarlo cuando atravesó su salvaje adolescencia
y desde que es un adulto no ha hecho más que amedrentarla. Tal vez le faltó cariño, pero ¿cómo amar a un
muchachito mal hablado, sucio, desaplicado y torpe cuando se tiene en
comparación otro que es poco menos que perfecto? Sí, ella no le había dado
suficiente afecto a su segundo hijo, mas él no hizo mucho por merecerlo. Y no
se siente avergonzada por no amar a un hijo que toda la vida la ha tratado con
cierto desprecio, como si viera algo aborrecible en ella.
Daniel llega ante ellos con
altivez. Le dirige a su madre una mirada vacía y saluda a Francisco con un
<<Hola>> casual, como si no hubiese estado fuera más de tres meses;
ellos responden de igual manera, acostumbrados a la poca efusividad del
muchacho, que nunca mostró afecto por ninguno en particular. Solo Dalilah lo
aniquila con la mirada. Su hermano la observa si es posible con más hostilidad;
se detestan, y es evidente.
La llegada de Dalilah acabó
con la poca dulzura que existió alguna vez en Daniel; de repente ya no estaba
compitiendo contra solo un hermano, si no que también debía batirse con una
bebé que solo era llanto y mocos y aun así recibía más atención que él. Si
soportaba e incluso admiraba secretamente a David, se debía a que llevaban la
misma sangre, pero la niña era una recogida, sacada de sabrá Dios qué basurero,
y que no merecía en absoluto su aprobación. Entonces descargó en la indefensa
hermanita toda su frustración, todo aquello que no podía hacerle al alto y ágil
David: la pellizcaba hasta dejarle marcas en los bracitos, le rompía los
juguetes, le tiraba de los cabellos… intentos desesperados por llamar la
atención que sin embargo tenían el efecto contrario, pues cuando la niña rompía
a llorar por alguna de sus crueldades, todos se volcaban en ella tratando
angustiosamente de consolarla. Daniel la detestó más y más a medida que crecía.
Nunca imaginó, ni él ni nadie, que fue el primer enamoramiento de Dalilah: a pesar
de tantos maltratos, la niña estaba fascinada por aquel hermano mayor que cada
día se hacía más alto y más fuerte, que por la noche nadaba en la piscina sin
nada más que su ropa interior y que no mostraba respeto por nada ni por nadie.
Ese hermano cuya admiración no había logrado despertar, el único que nunca le
decía “qué bonito vestido tienes” ni elogiaba su peinado ni la rapidez con la
que se aprendió las tablas de multiplicar solo para impresionarlo. Por alguna
razón que su mente infantil no comprendía, él no la quería; y eso solo hacía
que la niña lo quisiera más y tratara desesperadamente de ganarse su afecto.
Cuando Daniel cumplió
diecinueve años—poco antes de comenzar a salir con Amanda—, Dalilah—de once en
ese entonces— le regaló un bonito modelo de aeroplano que había comprado con
sus ahorros y armado con ayuda de David; había escuchado a su hermano decir
varias veces que le gustaría aprender a pilotear una avioneta, y ella pensó que
era el obsequio perfecto con el que se ganaría su simpatía. Mas cuando Daniel
rasgó el papel y se encontró con la tarjeta hecha a mano que rezaba <<Con
amor para mi hermano. De Dalilah>>, no hizo otra cosa que tomar el modelo
y ahí mismo, frente a los invitados, estrellarlo contra el piso y acabarlo a zapatazos.
Luego se volvió a la niña que lo observaba con lágrimas en los ojos y el
corazón hecho pedacitos, la señaló con un índice rabioso y le gritó que no se
atreviera a regalarle nada nunca más, culpándola de arruinar su cumpleaños. Sin
bajar la voz, le recordó crudamente que no eran hermanos, y así dio por
terminada la celebración. La humillación fue tal que Dalilah se negó a comer en
la mesa durante días, encerrada en su habitación sin entender por qué él había
despreciado algo que tanto tiempo y trabajo le costó. Pasaron meses antes de
que se dijera a sí misma que fue un acto cruel e inmaduro, pero Daniel era así:
inmaduro y cruel; para cuando llegó a esa conclusión, ya el rencor se había
anidado en su pecho y lo despreciaba casi tanto como antes lo quiso. Dalilah estaba
cambiando: si todos los hombres eran como Daniel, todos la iban a tratar igual;
pero ella no estaba dispuesta a volver a vivir una degradación similar. Si
tenía que convertirse demasiado pronto en una mujer, lo haría; si tenía que ser
bella y voluptuosa como Amanda, que en un par de meses tenía babeando a sus dos
hermanos, lo sería. Ningún hombre volvería a tratarla como lo había hecho
Daniel, y llegaría el día en que él mismo le suplicaría que lo llamara hermano.
Ahora lo ve ahí, en frente
suyo, más hombre y más guapo que cuando se fue, felizmente ignorante de cuánto
la cambió, y no puede menos que sentir que lo aborrece con el alma. Daniel
continúa mirándola fijamente, ya no su rostro, si no examinando su cuerpo
completo sin perder detalle y en apariencia sin sentirse avergonzado por
desvestirla con los ojos. Pero Dalilah se ha cruzado con muchos hombres antes
de esta noche, y conoce esa mirada: Daniel la desea; por mucho que se repudie a
sí mismo y a lo que lleva entre las piernas, la desea.
Ella le regala una sonrisa
de fingida dulzura, y él crispa los puños por su atrevimiento de siquiera
mirarlo a la cara.
—Ve a cambiarte—espeta.
La joven se pavonea ante su
hermano, retadora.
—Me veo bonita—dice con
inocencia—; papá lo dijo.
—Pareces una puta.
—¡!Daniel—tercia Francisco,
y baja la voz. Esto es un récord: acaba de llegar, y casi seguro que ya
arruinará la fiesta para alguien. Estaría bien si fuese para cualquier otro,
pero no a su pequeña Dalilah; ¿por qué no puede quererla, si es tan amorosa,
tan tierna, tan complaciente?—: No le hables así a tu hermana.
—Mi hermana—repite el
aludido con desdén—; Dalilah no es mi hermana.
—¡Suficiente!—lo corta
Olivia entre dientes, atormentada. Sí: a veces detesta a su propio hijo; en
especial cuando se esfuerza en empañar la felicidad del adorado David. ¿Por qué
no se quedó donde estaba?
Daniel le dirige de nuevo
esa sonrisa maliciosa y burlona que le ha dedicado siempre: como si supiese
algo que todos los demás ignoran.
—Madre—profiere—, tan
hermosa como siempre—mas su elogio tiene un matiz de desprecio que no consigue
otra cosa que inquietarla.
—Por Dios, Daniel—casi le
suplica—: es el matrimonio de tu hermano. No lo arruines.
Él cambia de estrategia: de
repente parece profundamente herido, envuelto en un aura de tristeza casi
palpable. Su actuación es tan buena que por un instante—un efímero
instante—Dalilah quiere abrazarlo y darle consuelo.
—No quiero arruinarlo—dice
él con suavidad—. Pensé que se alegrarían de volver a verme.
Se hace un incómodo
silencio. Todos los silencios son incómodos con Daniel. Los silencios y las conversaciones. De hecho, casi todo es
incómodo con él. Mas Olivia debe admitir que le conmueve el semblante
entristecido de su hijo, un hijo al que nunca ha sabido amar, uno que a veces
parece adorarla y otras—la mayor parte del tiempo—aborrecerla. Un hijo voluble
e indomable, pero suyo de cualquier manera. Quebrantada, abre los brazos y lo
estrecha con ternura, recordando aquella época en que Daniel tenía tres, cuatro
años y se esforzaba lo indecible por hacerse merecedor de unas pocas de sus
caricias.
—Mi amor, mi
amor—canturrea, llenándolo de besos—. Por supuesto que nos alegra verte. Me
hiciste mucha falta, mi vida—se separa ligeramente, colocándole las manos sobre
los hombros que apenas alcanza—. Estás impresionante, Daniel.
La mirada de él vuelve a
ser helada. O eso aparenta. En su interior, se libra una batalla; la misma que
lo ha endurecido a lo largo de los años: hubo una época, hace mucho tiempo, en
que adoraba a su madre con un amor casi religioso; no creía que existiese mujer
más hermosa, buena o inteligente que ella. Rezaba todas las noches para que
ella lo quisiera como quería a David, para que le dedicara los mismos mimos,
las largas horas sentada junto a su cama conversando como amigos, las mismas
palabras de amor que siempre le prodigaba a su hermano… Hubo una época en que
esa mujer era el centro de su universo, y él se avergonzaba de su propia
torpeza, de sus malas calificaciones, de su aspecto desaliñado… porque sabía
que si pudiera ser como David, su madre lo querría. Hasta que lo vio. Tenía
apenas diez años, pero no necesitó explicaciones para entenderlo: Olivia era
mala. Olivia no amaba a David, ni a papá, ni a Dalilah, porque era mala.
Desde entonces, existen dos
partes de sí mismo que no ha sido capaz de reconciliar: el Daniel infantil, que
necesita desesperadamente el amor de su madre porque la ama con locura, y el
Daniel que él mismo creó, al que nada lo afecta y que desprecia a Olivia porque
sabe lo que es. Y ambos lo mantienen en constante lucha, ora lleno de rabia,
ora deseando convertirse en una mejor persona, sin decidirse nunca por quién
debe ser. Incapaz de encontrar su propio camino.
—No, no te alegras—replica
con voz fría y cortante—. Solo estás feliz por tu hijo.
—Daniel…
Él hace un gesto con la
mano, como si la borrara de una pizarra. Se dirige a su padre:
—Tu hija, por otra parte,
resulta vulgar y provocadora. No deberías dejarla exponerse de esa manera en
nuestra casa.
Ofendido por verlo pisotear
deliberadamente la dignidad de Dalilah, Francisco comienza a reprenderlo más
por costumbres que por resultados; Daniel tiene la extraña habilidad de
volverse literalmente sordo ante lo que no quiere escuchar. Mira a su alrededor
con despreocupación, pasando lista de los invitados; a la mayoría no los había
visto hasta hoy—no al menos personalmente—, y no le agrada ninguno de los que
conoce con anterioridad. Hay mujeres bonitas, algunas más que otras, pero solo
pocas dignas de ser su acompañante cuando él decida abandonar la estúpida
fiesta.
Una joven en particular
llama su atención, no porque sea hermosa, si no porque ya la ha visto antes.
Desde toda la vida. La muchacha toma una copa de champagne del camarero que
pasa frente a ella y apura su contenido de un trago antes de que el hombre a su
lado se la quite de la mano casi con un tirón, con evidentes deseos de
golpearla. Daniel tuerce la boca: Nía. Casi seguro que es la única de sus
primas que podrá reconocer, pues su foto ha salido más de una vez en numerosos
periódicos y páginas webs, por lo general bajo un titular del estilo “Fiesta
Salvaje” o “Heredera Descarriada”; a Daniel se le ocurre un mejor titular, que
la describiría a la perfección: <<Drogadicta>>, y vuelve a fruncir
los labios con desprecio, como si su peste pudiese alcanzarlo incluso en la
distancia.
Por un momento, la mirada
de Estefanía se encuentra con la suya y la joven la aparta de inmediato,
ruborizada. Viéndola por primera vez, bien vestida y maquillada, tan distinta a
esas fotografías donde aparece con los ojos desenfocados, despeinada y con el
rímel corrida, resulta incluso bonita: tiene el cabello fino y castaño, que le
llega hasta la cintura; el vestido azul cielo que lleva se ciñe delicadamente a
su cuerpo delgado—quizás un poco demasiado delgado—resaltando un busto generoso
y un trasero erguido, sin rayar en la vulgaridad que Dalilah exhibe con
descaro. Su piel es blanca, como si llevara años sin recibir el sol, mas
resulta bastante atrayente, cual si te invitara sin palabras a acariciarla con
la yema de los dedos. Si no fuese tan boleta, se dice Daniel, se acostaría con
ella; pero es una mujer rara incluso para él. No vale siquiera una revolcada.
—¿Al menos me estás
escuchando?—pregunta Francisco, frustrado.
Daniel suspira.
—No, papá—responde con
sinceridad—; no me interesa lo que dices.
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