martes, 13 de agosto de 2013

3 - YO, QUE TE AMÉ...

 Olivia lo observa sorprendida, claramente dividida entre abrazarlo como bienvenida o gritarlo sin razón alguna. Pasa su peso de un pie a otro con incomodidad, si ha de ser sincera, la mayor parte del tiempo no le agrada Daniel; nunca supo cómo tratarlo cuando era un niño que siempre se estaba quejando porque David recibía más amor que él; no supo sobrellevarlo cuando atravesó su salvaje adolescencia y desde que es un adulto no ha hecho más que amedrentarla.  Tal vez le faltó cariño, pero ¿cómo amar a un muchachito mal hablado, sucio, desaplicado y torpe cuando se tiene en comparación otro que es poco menos que perfecto? Sí, ella no le había dado suficiente afecto a su segundo hijo, mas él no hizo mucho por merecerlo. Y no se siente avergonzada por no amar a un hijo que toda la vida la ha tratado con cierto desprecio, como si viera algo aborrecible en ella.
 Daniel llega ante ellos con altivez. Le dirige a su madre una mirada vacía y saluda a Francisco con un <<Hola>> casual, como si no hubiese estado fuera más de tres meses; ellos responden de igual manera, acostumbrados a la poca efusividad del muchacho, que nunca mostró afecto por ninguno en particular. Solo Dalilah lo aniquila con la mirada. Su hermano la observa si es posible con más hostilidad; se detestan, y es evidente.
 La llegada de Dalilah acabó con la poca dulzura que existió alguna vez en Daniel; de repente ya no estaba compitiendo contra solo un hermano, si no que también debía batirse con una bebé que solo era llanto y mocos y aun así recibía más atención que él. Si soportaba e incluso admiraba secretamente a David, se debía a que llevaban la misma sangre, pero la niña era una recogida, sacada de sabrá Dios qué basurero, y que no merecía en absoluto su aprobación. Entonces descargó en la indefensa hermanita toda su frustración, todo aquello que no podía hacerle al alto y ágil David: la pellizcaba hasta dejarle marcas en los bracitos, le rompía los juguetes, le tiraba de los cabellos… intentos desesperados por llamar la atención que sin embargo tenían el efecto contrario, pues cuando la niña rompía a llorar por alguna de sus crueldades, todos se volcaban en ella tratando angustiosamente de consolarla. Daniel la detestó más y más a medida que crecía. Nunca imaginó, ni él ni nadie, que fue el primer enamoramiento de Dalilah: a pesar de tantos maltratos, la niña estaba fascinada por aquel hermano mayor que cada día se hacía más alto y más fuerte, que por la noche nadaba en la piscina sin nada más que su ropa interior y que no mostraba respeto por nada ni por nadie. Ese hermano cuya admiración no había logrado despertar, el único que nunca le decía “qué bonito vestido tienes” ni elogiaba su peinado ni la rapidez con la que se aprendió las tablas de multiplicar solo para impresionarlo. Por alguna razón que su mente infantil no comprendía, él no la quería; y eso solo hacía que la niña lo quisiera más y tratara desesperadamente de ganarse su afecto.
 Cuando Daniel cumplió diecinueve años—poco antes de comenzar a salir con Amanda—, Dalilah—de once en ese entonces— le regaló un bonito modelo de aeroplano que había comprado con sus ahorros y armado con ayuda de David; había escuchado a su hermano decir varias veces que le gustaría aprender a pilotear una avioneta, y ella pensó que era el obsequio perfecto con el que se ganaría su simpatía. Mas cuando Daniel rasgó el papel y se encontró con la tarjeta hecha a mano que rezaba <<Con amor para mi hermano. De Dalilah>>, no hizo otra cosa que tomar el modelo y ahí mismo, frente a los invitados, estrellarlo contra el piso y acabarlo a zapatazos. Luego se volvió a la niña que lo observaba con lágrimas en los ojos y el corazón hecho pedacitos, la señaló con un índice rabioso y le gritó que no se atreviera a regalarle nada nunca más, culpándola de arruinar su cumpleaños. Sin bajar la voz, le recordó crudamente que no eran hermanos, y así dio por terminada la celebración. La humillación fue tal que Dalilah se negó a comer en la mesa durante días, encerrada en su habitación sin entender por qué él había despreciado algo que tanto tiempo y trabajo le costó. Pasaron meses antes de que se dijera a sí misma que fue un acto cruel e inmaduro, pero Daniel era así: inmaduro y cruel; para cuando llegó a esa conclusión, ya el rencor se había anidado en su pecho y lo despreciaba casi tanto como antes lo quiso. Dalilah estaba cambiando: si todos los hombres eran como Daniel, todos la iban a tratar igual; pero ella no estaba dispuesta a volver a vivir una degradación similar. Si tenía que convertirse demasiado pronto en una mujer, lo haría; si tenía que ser bella y voluptuosa como Amanda, que en un par de meses tenía babeando a sus dos hermanos, lo sería. Ningún hombre volvería a tratarla como lo había hecho Daniel, y llegaría el día en que él mismo le suplicaría que lo llamara hermano.
 Ahora lo ve ahí, en frente suyo, más hombre y más guapo que cuando se fue, felizmente ignorante de cuánto la cambió, y no puede menos que sentir que lo aborrece con el alma. Daniel continúa mirándola fijamente, ya no su rostro, si no examinando su cuerpo completo sin perder detalle y en apariencia sin sentirse avergonzado por desvestirla con los ojos. Pero Dalilah se ha cruzado con muchos hombres antes de esta noche, y conoce esa mirada: Daniel la desea; por mucho que se repudie a sí mismo y a lo que lleva entre las piernas, la desea.
 Ella le regala una sonrisa de fingida dulzura, y él crispa los puños por su atrevimiento de siquiera mirarlo a la cara.
 —Ve a cambiarte—espeta.
 La joven se pavonea ante su hermano, retadora.
 —Me veo bonita—dice con inocencia—; papá lo dijo.
 —Pareces una puta.
 —¡!Daniel—tercia Francisco, y baja la voz. Esto es un récord: acaba de llegar, y casi seguro que ya arruinará la fiesta para alguien. Estaría bien si fuese para cualquier otro, pero no a su pequeña Dalilah; ¿por qué no puede quererla, si es tan amorosa, tan tierna, tan complaciente?—: No le hables así a tu hermana.
 —Mi hermana—repite el aludido con desdén—; Dalilah no es mi hermana.
 —¡Suficiente!—lo corta Olivia entre dientes, atormentada. Sí: a veces detesta a su propio hijo; en especial cuando se esfuerza en empañar la felicidad del adorado David. ¿Por qué no se quedó donde estaba?
 Daniel le dirige de nuevo esa sonrisa maliciosa y burlona que le ha dedicado siempre: como si supiese algo que todos los demás ignoran.
 —Madre—profiere—, tan hermosa como siempre—mas su elogio tiene un matiz de desprecio que no consigue otra cosa que inquietarla.
 —Por Dios, Daniel—casi le suplica—: es el matrimonio de tu hermano. No lo arruines.
 Él cambia de estrategia: de repente parece profundamente herido, envuelto en un aura de tristeza casi palpable. Su actuación es tan buena que por un instante—un efímero instante—Dalilah quiere abrazarlo y darle consuelo.
 —No quiero arruinarlo—dice él con suavidad—. Pensé que se alegrarían de volver a verme.
 Se hace un incómodo silencio. Todos los silencios son incómodos con Daniel. Los silencios  y las conversaciones. De hecho, casi todo es incómodo con él. Mas Olivia debe admitir que le conmueve el semblante entristecido de su hijo, un hijo al que nunca ha sabido amar, uno que a veces parece adorarla y otras—la mayor parte del tiempo—aborrecerla. Un hijo voluble e indomable, pero suyo de cualquier manera. Quebrantada, abre los brazos y lo estrecha con ternura, recordando aquella época en que Daniel tenía tres, cuatro años y se esforzaba lo indecible por hacerse merecedor de unas pocas de sus caricias.
 —Mi amor, mi amor—canturrea, llenándolo de besos—. Por supuesto que nos alegra verte. Me hiciste mucha falta, mi vida—se separa ligeramente, colocándole las manos sobre los hombros que apenas alcanza—. Estás impresionante, Daniel.
 La mirada de él vuelve a ser helada. O eso aparenta. En su interior, se libra una batalla; la misma que lo ha endurecido a lo largo de los años: hubo una época, hace mucho tiempo, en que adoraba a su madre con un amor casi religioso; no creía que existiese mujer más hermosa, buena o inteligente que ella. Rezaba todas las noches para que ella lo quisiera como quería a David, para que le dedicara los mismos mimos, las largas horas sentada junto a su cama conversando como amigos, las mismas palabras de amor que siempre le prodigaba a su hermano… Hubo una época en que esa mujer era el centro de su universo, y él se avergonzaba de su propia torpeza, de sus malas calificaciones, de su aspecto desaliñado… porque sabía que si pudiera ser como David, su madre lo querría. Hasta que lo vio. Tenía apenas diez años, pero no necesitó explicaciones para entenderlo: Olivia era mala. Olivia no amaba a David, ni a papá, ni a Dalilah, porque era mala.
 Desde entonces, existen dos partes de sí mismo que no ha sido capaz de reconciliar: el Daniel infantil, que necesita desesperadamente el amor de su madre porque la ama con locura, y el Daniel que él mismo creó, al que nada lo afecta y que desprecia a Olivia porque sabe lo que es. Y ambos lo mantienen en constante lucha, ora lleno de rabia, ora deseando convertirse en una mejor persona, sin decidirse nunca por quién debe ser. Incapaz de encontrar su propio camino.
 —No, no te alegras—replica con voz fría y cortante—. Solo estás feliz por tu hijo.
 —Daniel…
 Él hace un gesto con la mano, como si la borrara de una pizarra. Se dirige a su padre:
   —Tu hija, por otra parte, resulta vulgar y provocadora. No deberías dejarla exponerse de esa manera en nuestra casa.
 Ofendido por verlo pisotear deliberadamente la dignidad de Dalilah, Francisco comienza a reprenderlo más por costumbres que por resultados; Daniel tiene la extraña habilidad de volverse literalmente sordo ante lo que no quiere escuchar. Mira a su alrededor con despreocupación, pasando lista de los invitados; a la mayoría no los había visto hasta hoy—no al menos personalmente—, y no le agrada ninguno de los que conoce con anterioridad. Hay mujeres bonitas, algunas más que otras, pero solo pocas dignas de ser su acompañante cuando él decida abandonar la estúpida fiesta.
 Una joven en particular llama su atención, no porque sea hermosa, si no porque ya la ha visto antes. Desde toda la vida. La muchacha toma una copa de champagne del camarero que pasa frente a ella y apura su contenido de un trago antes de que el hombre a su lado se la quite de la mano casi con un tirón, con evidentes deseos de golpearla. Daniel tuerce la boca: Nía. Casi seguro que es la única de sus primas que podrá reconocer, pues su foto ha salido más de una vez en numerosos periódicos y páginas webs, por lo general bajo un titular del estilo “Fiesta Salvaje” o “Heredera Descarriada”; a Daniel se le ocurre un mejor titular, que la describiría a la perfección: <<Drogadicta>>, y vuelve a fruncir los labios con desprecio, como si su peste pudiese alcanzarlo incluso en la distancia.
 Por un momento, la mirada de Estefanía se encuentra con la suya y la joven la aparta de inmediato, ruborizada. Viéndola por primera vez, bien vestida y maquillada, tan distinta a esas fotografías donde aparece con los ojos desenfocados, despeinada y con el rímel corrida, resulta incluso bonita: tiene el cabello fino y castaño, que le llega hasta la cintura; el vestido azul cielo que lleva se ciñe delicadamente a su cuerpo delgado—quizás un poco demasiado delgado—resaltando un busto generoso y un trasero erguido, sin rayar en la vulgaridad que Dalilah exhibe con descaro. Su piel es blanca, como si llevara años sin recibir el sol, mas resulta bastante atrayente, cual si te invitara sin palabras a acariciarla con la yema de los dedos. Si no fuese tan boleta, se dice Daniel, se acostaría con ella; pero es una mujer rara incluso para él. No vale siquiera una revolcada.
 —¿Al menos me estás escuchando?—pregunta Francisco, frustrado.
 Daniel suspira.
 —No, papá—responde con sinceridad—; no me interesa lo que dices.

No hay comentarios:

Publicar un comentario