miércoles, 7 de agosto de 2013

2 - DANIEL - Muy grandes deben ser mis errores y muy pequeñas mis victorias, los errores todo el mundo los ve, mientras que mis victorias por nadie son mencionadas. ...

 La voz la devuelve de golpe a la tierra, mareándola como si acabase de bajar de una ruleta en movimiento. Al volverse, lo ve: más bronceado, tal vez más musculoso, innegablemente más atractivo. Impecable en su smoking, los cabellos alborotados como por descuido, ese estilo inconfundible de Daniel.
 Amanda siente que de pronto sus piernas flaquean, que el miedo se instala en su pecho: si llega a arruinar el día más importante de su vida… Pero Daniel continúa sonriendo con tranquilidad, con una inocencia que está en conflicto con su propia naturaleza.
 —Lamento haberme perdido la ceremonia—dice, y su sentimiento parece auténtico—. No sabes lo feliz que estoy por ti—entonces abre los brazos a su hermano, quien ya repuesto de la impresión sonríe agradecido y corresponde al gesto, fundiéndose los dos en un abrazo fraternal como Amanda no había visto nunca entre ellos. Se ríen, se palmean la espalda, parecen viejos amigos reunidos de nuevo por las casualidades de la vida, como si nunca hubiesen competido, como si Daniel no se hubiese marchado con el alma oscurecida de rencor.
 —Estás hermosa—le dice, dirigiéndole una mirada inescrutable.
 Amanda no sabe qué responder. Su rostro se ha vuelto de piedra. No puede creer que David luzca tan feliz, tan complacido con la aparente reconciliación con su hermano; ¿por qué no puede ver que Daniel no ha cambiado, que nunca lo hará?
 —Entonces…—repentinamente, su esposo parece tan incómodo como ella. Se aclara la garganta—Entonces, ¿estamos bien?
 Daniel lo contempla un instante, y su rostro vuelve a iluminarse.
 —Más que bien—contesta, las sombras desterradas de su expresión.
 Amanda quiere gritar, patalear, echarlo de su fiesta. Mira a su alrededor como en busca de ayuda; la mayoría de los Escalante han dejado de bailar y contemplan la escena con cierto temor; nadie se acerca, saben que los hermanos necesitan ese momento juntos, que es imposible que Daniel haya sido incapaz de perdonar en tantos años… pero Amanda conoce demasiado bien a su cuñado para saber que <<perdón>> no es una palabra que esté en su vocabulario. Y ahora, <<ahora ha venido para destruirnos>>.
 Daniel vuelve a mirarla, hace una reverencia, le tiende la mano.
 —¿Me permites esta pieza con tu mujer?—solicita a su hermano con educación.
 David asiente, entregándole la diestra de su esposa.
 —Voy a bailar con mamá—esboza, y se aleja.
 Daniel toma entre sus brazos el cuerpo rígido de Amanda, y lo atrae hacia sí con delicadeza.
 —No sabes bailar el vals—recuerda ella, desesperada por escapar.
 —He aprendido—responde en un murmullo.
 Y vaya si lo ha hecho. La guía con gentileza, deslizándose, casi flotando sobre la pista. Por un momento Amanda olvida su naturaleza vengativa, voluble y rencorosa y no puede más que admirar la suavidad de su contacto, el roce de esas manos que tan bien la conocen, el olor de su cuello, la firmeza de su pecho, la belleza del envase que contiene un alma tan llena de sombras como no hay dos en este mundo.
 —¿A qué viniste?—susurra atormentada, sintiendo de nuevo ese nudo en el estómago producido por la impotencia de saber que no puede cambiarlo.
 —A la boda de mi hermano—replica él al instante, como si hubiese estado esperando su pregunta.
 —Sabes que no quieres festejar este día.
 —¿Por qué no?—ríe bajito, burlón—¿Sabes que también soy un Escalante, ¿no?
 —Pero te fuiste cuando David y yo…
 —Me fui cuando me dio la gana—la corta, y la mano que tiene en la parte baja de su espalda se vuelve más firme, apretándola contra él—¿A qué le tienes miedo?
 Ella se estremece. <<A ti>>quiere responder; siempre le ha temido: cuando estaban juntos, vivía en constante angustia, preguntándose en qué momento el Encantador Daniel desaparecería para dar paso al Oscuro Daniel. Lo amaba, pero era tan difícil hacerlo.
 —Estás podrido, Daniel—murmura; y le cuesta trabajo mantener el paso, fingir que todo va bien—. Si viniste con intenciones de dañar mi matrimonio, te advierto que lo defenderé con uñas y dientes.
 Él vuelve a reír, enseñando su perfectísima dentadura.
 —Siempre me gustó cuando te ponías en plan “gata salvaje”—murmura a su oído. Amanda siente su aliento cálido en el cuello; le quema—. ¿Mi hermano conoce esa faceta tuya?
 Por un instante quiere apartarlo de un empujón y exigirle que se vaya, pero tiene que controlarse: la imagen es lo primero.
 —Tu hermano conoce todas mis facetas mejor de lo que tú las conociste jamás—insinúa.
 —Si así fuera, no se habría casado contigo; por algo no lo hice yo.
 Amanda aprieta los dientes; ¿qué tiene este hombre que en dos minutos consigue hacerle perder los nervios? David no es así; David es gentil, considerado, la clase de hombre con la que Daniel solo podría soñar en convertirse.
 —¿Cuándo te vas?—pregunta con brusquedad.
 Su cuñado suspira, como si sintiera herido. Pero ella sabe que él no siente nada, mas es un experto en fingir.
 —Tengo planeado quedarme.
 —¡¿Qué?!—jadea.
 Con una sonrisa, Daniel vuelve a atraerla contra su cuerpo.
 —Esta es mi casa, Amanda. Tengo tantos derechos como tu esposo.
 —Te tienes que ir; tú no quieres estar aquí.
 Él entorna los ojos, exasperado.
 —Deja de hablar como si supieras lo que quiero. No me conoces como crees. Por ejemplo, crees que volví por ti, pero te sorprendería enterarte de cuántas mujeres hermosas y dispuestas hay por ahí. Sin ir muy lejos…—fija la vista en la muchacha vestida de púrpura que baila sonriente entre los brazos de Francisco, conversando con éste animadamente. La sombra de lujuria que Amanda conoce tan bien atraviesa el rostro del joven y las entrañas de ella se contraen como respuesta.
 Sigue la dirección de su mirada y de pronto no sabe si es un mal chiste o una prueba irrefutable de todos los años que han pasado.
 —Es Dalilah—responde secamente—: tu hermana.
 La expresión de Daniel cambia de inmediato: antes la deseaba, ahora le repugna.
 —¿Dalilah?—repite, su voz teñida de asco—¿por qué está vestida como una puta?
 “Bueno” se dice Amanda con resignación, como si las palabras de Daniel le hubiesen hecho ver a su cuñada bajo una nueva luz “Eso no lo puedo discutir”.
 El traje que Dalilah lleva se ciñe a su cuerpo como una capa de pintura púrpura; cuando la música termina y ella se separa de su padre, Amanda nota por primera vez el escote que se abre casi hasta la cintura. Los pezones de sus senos firmes son demasiado evidentes. La túnica de satén está cortada al bies y se pega a su cuerpo como una segunda piel. No hay ninguna curva que denuncie un solo gramo de grasa, solo una soberbia y joven figura que ella quiere exhibir.
 —Está hermosa—replica Amanda, liberada por fin de los brazos que parecían quitarle el aliento. Y no miente: una vez se supera la impresión de que es un traje demasiado revelador, uno no puede más que asombrarse de la belleza de la jovencita—. Hace un minuto te gustaba.
 —Hace un minuto no sabía que esa cosa llevaba mi apellido.
 Y no es de extrañar; cuando Daniel se fue, Dalilah era una niña de catorce años, con el cabello castaño y tan plana como una tabla.  Ahora tiene diecinueve, las curvas han llenado su cuerpo generosamente y por ahí donde no llegaron pasó el bisturí de su cirujano. Creció por lo menos quince centímetros y se aclara el cabello con frecuencia para mantenerlo de un brillante rubio que resalta su piel crema. Dalilah hizo la transición de niña a mujer de una forma dramática, y Daniel no lo presenció. Lo único que puede ver ahora es a una fémina perturbadoramente hermosa que está demasiado consciente de sus atributos.
 —Parece una zorra—repite con desprecio.
 Y esa mirada peligrosa se instala en su rostro, la mirada del Daniel Oscuro.
 —No hagas una escena—casi le suplica con voz ahogada, aferrándose a su mano.
 Él la aparta, como si su contacto le escociera.
 —Vete a buscar a tu marido—espeta.

 —¡Daniel!—lo llama débilmente, pero él se aleja con paso elegante en dirección a su familia.

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