La voz la devuelve de golpe
a la tierra, mareándola como si acabase de bajar de una ruleta en movimiento.
Al volverse, lo ve: más bronceado, tal vez más musculoso, innegablemente más
atractivo. Impecable en su smoking, los cabellos alborotados como por descuido,
ese estilo inconfundible de Daniel.
Amanda siente que de pronto
sus piernas flaquean, que el miedo se instala en su pecho: si llega a arruinar
el día más importante de su vida… Pero Daniel continúa sonriendo con
tranquilidad, con una inocencia que está en conflicto con su propia naturaleza.
—Lamento haberme perdido la
ceremonia—dice, y su sentimiento parece auténtico—. No sabes lo feliz que estoy
por ti—entonces abre los brazos a su hermano, quien ya repuesto de la impresión
sonríe agradecido y corresponde al gesto, fundiéndose los dos en un abrazo
fraternal como Amanda no había visto nunca entre ellos. Se ríen, se palmean la espalda,
parecen viejos amigos reunidos de nuevo por las casualidades de la vida, como
si nunca hubiesen competido, como si Daniel no se hubiese marchado con el alma
oscurecida de rencor.
—Estás hermosa—le dice,
dirigiéndole una mirada inescrutable.
Amanda no sabe qué
responder. Su rostro se ha vuelto de piedra. No puede creer que David luzca tan
feliz, tan complacido con la aparente reconciliación con su hermano; ¿por qué
no puede ver que Daniel no ha cambiado, que nunca lo hará?
—Entonces…—repentinamente,
su esposo parece tan incómodo como ella. Se aclara la garganta—Entonces,
¿estamos bien?
Daniel lo contempla un
instante, y su rostro vuelve a iluminarse.
—Más que bien—contesta, las
sombras desterradas de su expresión.
Amanda quiere gritar,
patalear, echarlo de su fiesta. Mira a su alrededor como en busca de ayuda; la
mayoría de los Escalante han dejado de bailar y contemplan la escena con cierto
temor; nadie se acerca, saben que los hermanos necesitan ese momento juntos,
que es imposible que Daniel haya sido incapaz de perdonar en tantos años… pero
Amanda conoce demasiado bien a su cuñado para saber que <<perdón>>
no es una palabra que esté en su vocabulario. Y ahora, <<ahora ha venido
para destruirnos>>.
Daniel vuelve a mirarla,
hace una reverencia, le tiende la mano.
—¿Me permites esta pieza
con tu mujer?—solicita a su hermano con educación.
David asiente, entregándole
la diestra de su esposa.
—Voy a bailar con
mamá—esboza, y se aleja.
Daniel toma entre sus
brazos el cuerpo rígido de Amanda, y lo atrae hacia sí con delicadeza.
—No sabes bailar el
vals—recuerda ella, desesperada por escapar.
—He aprendido—responde en
un murmullo.
Y vaya si lo ha hecho. La
guía con gentileza, deslizándose, casi flotando sobre la pista. Por un momento
Amanda olvida su naturaleza vengativa, voluble y rencorosa y no puede más que
admirar la suavidad de su contacto, el roce de esas manos que tan bien la
conocen, el olor de su cuello, la firmeza de su pecho, la belleza del envase
que contiene un alma tan llena de sombras como no hay dos en este mundo.
—¿A qué viniste?—susurra
atormentada, sintiendo de nuevo ese nudo en el estómago producido por la
impotencia de saber que no puede cambiarlo.
—A la boda de mi
hermano—replica él al instante, como si hubiese estado esperando su pregunta.
—Sabes que no quieres
festejar este día.
—¿Por qué no?—ríe bajito,
burlón—¿Sabes que también soy un Escalante, ¿no?
—Pero te fuiste cuando
David y yo…
—Me fui cuando me dio la
gana—la corta, y la mano que tiene en la parte baja de su espalda se vuelve más
firme, apretándola contra él—¿A qué le tienes miedo?
Ella se estremece.
<<A ti>>quiere responder; siempre le ha temido: cuando estaban
juntos, vivía en constante angustia, preguntándose en qué momento el Encantador
Daniel desaparecería para dar paso al Oscuro Daniel. Lo amaba, pero era tan
difícil hacerlo.
—Estás podrido,
Daniel—murmura; y le cuesta trabajo mantener el paso, fingir que todo va bien—.
Si viniste con intenciones de dañar mi matrimonio, te advierto que lo defenderé
con uñas y dientes.
Él vuelve a reír, enseñando
su perfectísima dentadura.
—Siempre me gustó cuando te
ponías en plan “gata salvaje”—murmura a su oído. Amanda siente su aliento
cálido en el cuello; le quema—. ¿Mi hermano conoce esa faceta tuya?
Por un instante quiere
apartarlo de un empujón y exigirle que se vaya, pero tiene que controlarse: la
imagen es lo primero.
—Tu hermano conoce todas
mis facetas mejor de lo que tú las conociste jamás—insinúa.
—Si así fuera, no se habría
casado contigo; por algo no lo hice yo.
Amanda aprieta los dientes;
¿qué tiene este hombre que en dos minutos consigue hacerle perder los nervios?
David no es así; David es gentil, considerado, la clase de hombre con la que
Daniel solo podría soñar en convertirse.
—¿Cuándo te vas?—pregunta
con brusquedad.
Su cuñado suspira, como si
sintiera herido. Pero ella sabe que él no siente nada, mas es un experto en
fingir.
—Tengo planeado quedarme.
—¡¿Qué?!—jadea.
Con una sonrisa, Daniel
vuelve a atraerla contra su cuerpo.
—Esta es mi casa, Amanda.
Tengo tantos derechos como tu esposo.
—Te tienes que ir; tú no
quieres estar aquí.
Él entorna los ojos,
exasperado.
—Deja de hablar como si
supieras lo que quiero. No me conoces como crees. Por ejemplo, crees que volví
por ti, pero te sorprendería enterarte de cuántas mujeres hermosas y dispuestas
hay por ahí. Sin ir muy lejos…—fija la vista en la muchacha vestida de púrpura
que baila sonriente entre los brazos de Francisco, conversando con éste
animadamente. La sombra de lujuria que Amanda conoce tan bien atraviesa el
rostro del joven y las entrañas de ella se contraen como respuesta.
Sigue la dirección de su
mirada y de pronto no sabe si es un mal chiste o una prueba irrefutable de
todos los años que han pasado.
—Es Dalilah—responde
secamente—: tu hermana.
La expresión de Daniel
cambia de inmediato: antes la deseaba, ahora le repugna.
—¿Dalilah?—repite, su voz
teñida de asco—¿por qué está vestida como una puta?
“Bueno” se dice Amanda con
resignación, como si las palabras de Daniel le hubiesen hecho ver a su cuñada
bajo una nueva luz “Eso no lo puedo discutir”.
El traje que Dalilah lleva
se ciñe a su cuerpo como una capa de pintura púrpura; cuando la música termina
y ella se separa de su padre, Amanda nota por primera vez el escote que se abre
casi hasta la cintura. Los pezones de sus senos firmes son demasiado evidentes.
La túnica de satén está cortada al bies y se pega a su cuerpo como una segunda piel.
No hay ninguna curva que denuncie un solo gramo de grasa, solo una soberbia y
joven figura que ella quiere exhibir.
—Está hermosa—replica
Amanda, liberada por fin de los brazos que parecían quitarle el aliento. Y no
miente: una vez se supera la impresión de que es un traje demasiado revelador,
uno no puede más que asombrarse de la belleza de la jovencita—. Hace un minuto
te gustaba.
—Hace un minuto no sabía
que esa cosa llevaba mi apellido.
Y no es de extrañar; cuando
Daniel se fue, Dalilah era una niña de catorce años, con el cabello castaño y
tan plana como una tabla. Ahora tiene
diecinueve, las curvas han llenado su cuerpo generosamente y por ahí donde no
llegaron pasó el bisturí de su cirujano. Creció por lo menos quince centímetros
y se aclara el cabello con frecuencia para mantenerlo de un brillante rubio que
resalta su piel crema. Dalilah hizo la transición de niña a mujer de una forma
dramática, y Daniel no lo presenció. Lo único que puede ver ahora es a una
fémina perturbadoramente hermosa que está demasiado consciente de sus
atributos.
—Parece una zorra—repite
con desprecio.
Y esa mirada peligrosa se
instala en su rostro, la mirada del Daniel Oscuro.
—No hagas una escena—casi
le suplica con voz ahogada, aferrándose a su mano.
Él la aparta, como si su
contacto le escociera.
—Vete a buscar a tu
marido—espeta.
—¡Daniel!—lo llama
débilmente, pero él se aleja con paso elegante en dirección a su familia.
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