Puede sentir la admiración que despierta. mientras camina erguida por el pasillo sobre el camino de rosas blancas que las pajecitas han dibujado para ella, despampanante en su vestido de Vera Wong, sus ojos verdes brillando, su rostro de porcelana impasible, la tiara de diamantes delicadamente asentada sobre sus rizos cobrizos... Puede ver el efecto que causa en quienes la rodean: los hombres la desean, las mujeres la envidian, las niñas quieren ser como ella... Y sabe que tomó la decisión correcta. Le costó sangre, sudor y lágrimas, pero lo consiguió; después de hoy, nadie volverá hablar de su madre muerta o su padre preso; nadie cuestionará su rápido y misterioso ascenso en el mundo del modelaje; nadie se atreverá a mencionar otra vez esas fiestas a las que asistió por allá en los inicios de su carrera... En adelante, la prensa sólo hablará de cómo es hermosa, exitosa y, a partir de esta tarde, inmensamente rica y poderosa.
Sí, él fue siempre la decisión más inteligente, se dice cuando el joven le ofrece su brazo caballerosamente. Amanda sonríe, cohibida por la inmensidad del amor que hay en los ojos de David, el ferviente anhelo de quererla y protegerla por el resto de sus días. Y aunque ella está dispuesta a permitírselo, a veces le asusta; sabe que David la ha querido desde el primer día que la vio, cuando era una mujer prohibida, alguien a quien no podría alcanzar aún con todo su dinero y su poder. Daniel se lo dijo alguna vez, medio burlón, medio celoso: <<Le gustas a mi hermano. Pobre imbécil>> y después soltó una de sus carcajadas profundas que escandalizaban a la servidumbre. Aquella primera vez, Amanda también rió; atrapada como estaba en el impetuoso encanto del hermano menor, apenas si se fijaba en David: Daniel era el tipo de hombre con el que toda mujer soñaba en secreto; de atractivo imponente y avasallador, sexualidad explosiva, tan disperso, tan irrefrenable, tan presto a burlarse de su sociedad: <<Somos los reyes del mundo>> solía decir <<A dónde queramos ir, vamos; lo que queramos hacer, lo hacemos>>. Ese era Daniel, el hombre que la enloquecía con solo tocarla, que no aceptaba un no por respuesta, capaz de llevársela de carrera fuera de una concurrida reunión para echarle un rápido polvo en un callejón oscuro, en el asiento trasero de su descapotable o en el baño de una discoteca... Ese fue el embrujo al que la tuvo sometida por más de tres años. Hasta que Amanda descubrió que, de los dos hermanos, ella había elegido al que indudablemente la destruiría. Daniel era voluble y complejo, tan presto a las caricias como a los golpes, así un momento podía decirle que la amaba como al siguiente sacarla a patadas de su cama; la enloquecía amarlo.
David era la otra cara de la moneda; su belleza era reposada, impecable, la de esos hombres que jamás tienen un cabello fuera de lugar, cuyos trajes siempre estaban cuidadosamente planchados, siempre con corbatas a juego, tan mesurado en sus gestos y sus palabras que nunca parecía perder el control de sus emociones. Excepto cuando ella estaba cerca. Mientras Daniel era como un río embravecido, David se asemejaba más a un apacible lago en el cual te gustaría chapotear en un brillante día de verano; un lago en el que sabes que no vas a ahogarte. Y todos lo notaban. David ascendía más y más, compartía con su padre la carga del complejo hotelero que tan poderosa había hecho a su familia, en tanto que Daniel desdeñaba sus responsabilidades y desperdiciaba su inteligencia saltando sin pudor de una carrera a otra, de una cama a otra, de un bar a otro...
No, David fue la decisión más inteligente, el innegable sucesor de su padre, el que tenía ante sí el futuro más brillante de los dos. Sin lugar a dudas, sería él quien algún día se convertiría en heredero de una de las fortunas más cuantiosas del país. Y tan enloquecido por ella que cuando Amanda se rindió al fin a su amor enloquecido, a su muda pero incesante súplica, él la recibió con los brazos abiertos; sí, se enfrentó a su hermano en defensa de la mujer que ahora estaba con él, a la que quería darle cuanto Daniel le negó alguna vez, la mujer a la que estaba seguro llevaría algún día al altar.
Y desde ese día, Daniel se había ido; resultó que, a su manera retorcida y tormentosa, la amaba más que a nada. Pero todos habían esperado y hasta deseado que Daniel se fuera en algún momento, porque la mayor parte del tiempo era insoportable vivir a su lado; desafiaba la autoridad de su padre, resentía sentirse menos amado por su madre que su hermano mayor, menospreciaba y humillaba a su hermanita adoptiva... Con él todo era una eterna competencia en la que Daniel quería siempre resultar victorioso, y la realidad era que la familia necesitaba descansar de él una temporada.
El sacerdote continúa con su sermón, extendiéndose sobre el propósito del matrimonio y la plenitud de la vida en pareja, mas Amanda no lo escucha; después de todo, ¿cuánto puede saber de relaciones un hombre que lleva veinte años sin tener sexo? Ella sigue pensando en Daniel, evocando—con un nudo de culpabilidad en el estómago—la última vez que lo vio: hace ya cinco años, cuando él la apartó de un empujón y le advirtió con todo el alma que algún día se arrepentiría de la decisión que estaba tomando. Luego saltó a su descapotable y se perdió a toda velocidad. Al día siguiente envió a un empleado a casa de sus padres para recoger sus cosas, y lo siguiente que se supo fue que estaba recorriendo el mundo.
<<No me arrepentí>> piensa la joven con satisfacción. Su tormentosa historia de amor ha quedado atrás y ahora está uniendo su vida a la de un hombre que le ofrece un porvenir brillante. El hombre que merece una mujer como ella. Un hombre de clase, calmado y caballeroso. Con espíritu ejecutivo, instinto para los negocios, ambición insaciable. El tipo de hombre que alguna vez ella pensó que era su padre. El tipo de hombre que no hubiese llegado a ser Daniel.
Detrás de ellos, en la fila destinada a la familia del novio, Nía bosteza perezosamente. Esteban le da un discreto codazo, su mandíbula tensionada, y ella le dedica un mohín burlón. La palabra <<vergonzosa>> acude a la mente de Lena, que los observa a tres lugares de distancia; sí, Nía es una pariente vergonzosa. A sus veintiún años, ha acumulado más escándalos que el resto de los Escalante: drogas, arrestos, desenfreno... Es en realidad una salvaje, y no es de extrañar que la mayoría de la familia evite incluso mencionarla, como si de esa manera pudiesen cortar los lazos de sangre que los unen. Hasta Francisco, que durante mucho tiempo fue quizás el más compasivo con ella, perdió los estribos al ver en los periódicos las fotos de su sobrina comprando drogas en los suburbios poco después de ser dada de alta de rehabilitación. Desde entonces, la joven ha estado si no más calmada al menos más discreta con sus vicios; la cuestión es sencilla: métete lo que te dé la gana, pero no dejes que nadie lo sepa. Es así como se manejan los Escalante: en apariencia perfectos, aunque por dentro estén todos más podridos que el anterior. Lena se dice con amargura que en el fondo no es de extrañar que Estefanía consuma cuanto le pongan delante, ni que hoy estén todos reunidos luciendo sus mejores galas y sus más brillantes sonrisas para celebrar el matrimonio de su primo con la mujer que robó de su propio hermano.
Mientras lo contempla recitar sus votos con un fervor casi religioso, se pregunta si David habría amado a Amanda de igual manera si ésta no hubiese pertenecido a Daniel; si al tenerla no se hubiese asegurado la más indiscutible victoria sobre su hermano, ¿se habría obsesionado con ella como lo hizo? <<Obsesión>> es otra palabra que resuena en su cabeza. David se obsesionó con Amanda. Nadie lo sabe mejor que Lena, que durante años estuvo obsesionada con su primo. Ni siquiera comprendía por qué David quiso pelear esa última batalla con su hermano; él siempre había ganado en todo: el primogénito, el consentido de mamá, el mejor amigo de papá, el más brillante estudiante de su promoción, el primero de todos sus primos en llegar a dirigir el negocio familiar… Daniel, en cambio, pasó tanto tiempo a su sombra que a veces uno se olvidaba de su existencia. De niño era tosco y torpe, el primo con el que nadie quería jugar porque tenía la extraña habilidad de lastimar a todo el que tocaba con sus manazas. No tenía muchos amigos, siempre fue demasiado <<oscuro>>. Otra palabra que parece brillar ante ella como un aviso de neón. Daniel era <<oscuro>>. Su naturaleza no permitía amarlo. ¿Por qué entonces lo amó Amanda, si es que alguna vez lo hizo? Es verdad que al crecer él adquirió una belleza salvaje, pero al mismo tiempo se convirtió en un descarriado; casi igualó a Nía en escándalos, aunque nunca se dijo que anduviese en drogas. Y cuando llegó a casa con Amanda, que por aquélla época no había logrado más que unos cuantos anuncios en ropa interior, David encontró por fin algo que envidiarle a su hermano, de la misma manera en que su hermano le envidió todo a él desde la más tierna infancia. Lena aún estaba obsesionada con David cuando Amanda entró en la familia, y quizás por eso la odió con tanto ahínco: las fugaces aventuras que ella y su primo habían compartido desde la adolescencia quedaron relegadas de inmediato; David no tenía ojos, ni alma, ni cuerpo para otra cosa que no fuera desear a su cuñada; no importaba qué lencería comprara o cuánto alcohol le diera, él acababa irremediablemente llorando en su regazo por la indiferencia de la mujer que amaba. Hasta que un día no lloró más; un día, su rostro se iluminó con una sonrisa cuando le contó que la joven había cedido por fin a sus deseos.
Entonces Lena, igual que Daniel, se fue. Tener un poco de David era lo único que le había hecho permanecer tanto tiempo en aquella casa, tan cerca de su padre. Su padre. A veces todavía recuerda esa discusión, ocurrida hace tantísimo tiempo, que jamás debió escuchar. Aún hay noches en sueña con esos ojos encendidos, con esos dedos que se enlazaron violentamente alrededor de los delicados brazos pálidos de su madre, y con aquélla voz fría como el hielo que decía: <<Si me dejas, te juro por Dios que te mato>>. Y su madre murió. Menos de dos semanas después, su madre murió. Se llevó a su tía, la mamá de Estefanía, y por poco se la lleva a ella también. Y regresa a Nía; se pregunta cuánto la marcó aquel incendio, cuando solo tenía seis años y fue un milagro que una niña tan pequeña pudiese escapar de una casa en llamas. Se pregunta si fue entonces cuando comenzó a convertirse en el desastre que es hoy en día. Y vuelve a preguntarse, con un estremecimiento de miedo, si fue solo casualidad que la instalación eléctrica de la cabaña se prendiera fuego tan poco tiempo después de esa discusión, cuando era evidente que no había salvación para el matrimonio de sus padres.
Su hermano le aprieta la mano, tranquilizador y le regala una sonrisa. Lena asiente imperceptiblemente, agradecida; de alguna manera, volver a verlo después de casi cinco años le ayuda hacer más ligera la carga sobre su pecho. Se ha sentido oprimida desde que regresó, tan agobiada por los recuerdos, tan aterrorizada por sus propias sospechas… El miedo se instaló en su pecho desde que volvió a pisar esa casa, desde que volvió a ver a su padre; un miedo amargo a todo lo que pueda pasar: a descubrir que Aquiles tuvo algo que ver con la muerte de su madre, porque entonces sería hija de un asesino; y a entender al fin que él es completamente inocente, pues habría desperdiciado una vida entera temiendo, sospechando y hasta aborreciendo a su propio padre. Por supuesto, Matías nunca ha tenido que vivir con ese peso. Es fácil adivinarlo. Su hermano es FELIZ. Así, con mayúsculas: FELIZ. Se nota en sus ojos vivaces, su sonrisa fácil, sus ademanes llenos de gracia y naturalidad; Matías está satisfecho con su vida en general: es atractivo, inteligente y millonario; claramente no siente que le haga falta gran cosa. Lena desearía sentirse así, desearía encajar en la familia como encaja Matías, desearía no tener el alma oscura con tantas dudas y miedos; a Lena le gustaría ser como su hermano menor.
Al fin el padre bendice a la pareja declarándolos marido y mujer hasta que la muerte los separe. Los invitados se colocan de pie para aplaudir; Olivia se da golpecitos en los ojos con un pañuelo bordado con sus iniciales. Es la primera en levantarse para besar a su hijo, inmensamente orgullosa de su primogénito. Lo estrecha con fuerza entre sus brazos, sin poder contener el llanto que la vuelve pedazos como a una niña chiquita; David ha sido, desde que nació, el recipiente en el que ella volcó toda su devoción, guardando apenas un poco para sus otros hijos. David es especial; fue el hijo que le dio pase libre al mundo de los Escalante, fue el más amoroso, el más considerado, el más brillante de los vástagos de Francisco. Especialmente, el más parecido a ella.
Cuando lo suelta y abraza a su nuera—ninguna mujer será suficiente para David nunca, y lo sabe— Esteban y Estefanía se aproximan para felicitar a su primo; Esteban lo abraza fugazmente, un gesto que parece forzado, y Estefanía le dedica una sonrisa cortés y le palmea el hombro como a un muchacho. Es una chica rara, se dice David con cierta incomodidad; ha de ser todo lo que se mete, o el hecho de no tener padres, o esa tía que la crió y que siempre está murmurando con resentimiento y recitando versículos de la biblia… Mas en un instante la deshecha de su mente, cuando Matías llega de la mano de Magdalena con una sonrisa de oreja a oreja para desearle lo mejor en su nueva vida. El abrazo que se dan es caluroso, efusivo y sincero. Son mejores amigos. Tal vez por vivir desde siempre bajo el mismo techo, quizás por haber trabajado hombro a hombro por “Dinastía” mientras los demás volaron en busca de una vida de libertad y emociones, o simplemente porque Matías es una persona tranquila y fácil de tratar, el caso es que tiene con él el tipo de relación que nunca pudo sostener con su hermano. Su primo ríe, le augura un futuro brillante, bromea acerca de los placeres de la soltería a los que acaba de renunciar, y se separa para hacer lo propio con Amanda, todavía aprisionada entre los brazos de Francisco.
Solo entonces, Magdalena da un paso adelante con timidez. David le sonríe, la admira durante un breve instante: sí, sigue siendo hermosa; no como Amanda, que es todo curvas, si no con la belleza propia de las mujeres de su familia: reposada, elegante, delicada. La atrae hacia sí para darle un abrazo de bienvenida, deseando de corazón que las heridas ya estén curadas, que puedan volver a ser solo dos primos que se reencuentran después de tanto tiempo.
—Me encanta verte, Lena—le dice con franqueza, y le besa las mejillas.
Ella también sonríe, intenta decirle que todo está bien, que no hay razón para estar incómodos. Que son familia.
—Gracias—responde—. Me alegra verte tan feliz. Y es bueno estar de vuelta.
David asiente, vuelve a besarla; la quiere de verdad. Aun cuando existía entre los dos esa relación sexual a la que Lena parecía aferrarse, él la quería: como a una hermana. Desea preguntarle infinidad de cosas acerca de sus años de ausencia, mas hay invitados que atender, manos que estrechar, felicitaciones que recibir… Y casi seguro que Lena se irá como llegó: a la carrera, con apenas tiempo suficiente para asistir a la ceremonia; mañana, cuando la celebración haya terminado, ella volverá a alzar vuelo despidiéndose hasta la próxima boda, o funeral o evento que requiera su presencia. Aún desde muy jóvenes, a David siempre le inquietó la certeza interna de que su prima detestaba su casa. Con un último abrazo, la deja ir.
Llueven las congratulaciones, los abrazos, las sonrisas… Por fin logra acercarse a su esposa, comienza a posar para las fotos que mañana estarán en la mayoría—si no en todas—de las páginas sociales del país. Una con la familia del novio, otra con los amigos de la novia ya que ésta no tiene familia, muchas con cantidad de personas influyentes que apenas conoce… Comienza a anochecer y se siente cegado por los flashes de las cámaras, pero Amanda está en su elemento: después de todo, es una de las modelos más cotizadas del país. Y es su esposa.
El jardín de la mansión Escalante, del cual su madre siempre ha estado más que orgullosa, se engalanó para ofrecer la recepción a los invitados. Olivia hizo construir una pista de baile bajo una inmensa carpa blanca, como lo vio alguna vez Dios sabe en qué revista. A Amanda le pareció mala idea desde el principio, pero debe admitir que el efecto final es sencillamente precioso; los centros de mesa con las letras “D” y “A” enlazadas lucen bellísimos, toda la cubertería es de la más fina plata, las lucen te hacen pensar en la navidad y el pastel quita el aliento. Se estremece ante la pareja de porcelana, una fiel representación de David y ella que por alguna razón le eriza los vellos de la nuca. Apartando la sensación como una nube de moscas, sonríe cuando Francisco se pone de pie con su copa en alto para proponer un brindis; su nuevo suegro elogia el buen juicio de David al tomarla como esposa y menciona la inmensidad de la alegría que embarga su corazón al tener a su familia reunida nuevamente después de tanto tiempo—al decir esto, mira cariñosamente a su pequeña Dalilah, sentada a su izquierda—; olvida anotar que Daniel no está presente, pero culmina deseándoles que sean tan felices en su matrimonio como lo ha sido él en el suyo.
—¡Salud!—se escucha al unísono, y la música comienza a sonar para el primer baile oficial del señor y la señora Escalante.
Amanda y su esposa se deslizan a la pista para bailar el vals. Él la guía, firme pero gentil, y ella no puede evitar recordar que Daniel consideraba ridículo este baile. David sonríe, le besa la nariz, le recuerda que la adora y que es el día más feliz de su vida. Amanda corresponde a sus palabras de amor, extasiada, elevada en los sueños que siempre tuvo y que él está haciendo realidad; ella también es feliz, y la pista comienza a llenarse de parejas que apenas nota.
No lo siente hasta que está ahí. De pronto David pierde el paso y se queda estático, en sus ojos una mirada de estupefacción.
—Felicitaciones, hermano.
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